Las últimas vacaciones de Xena antes de comenzar su instrucción


Los perros de la ONCE, como sus adiestradores, también tienen vacaciones. En el caso de Xena, éstas serán las últimas Navidades que pase en su casa

Xena es una princesa. Una princesa guerrera. Como la serie de televisión interpretada por Lucy Lawless. La princesa guerrera de la televisión luchaba contra los malos. Xena, en cambio, lo hace contra los males, como la ceguera.

Xena será, el día de mañana, un perro guía de la Fundación ONCE. Ella ayudará a que una persona con una discapacidad visual pueda realizar mejor sus tareas del día a día. Aunque estos días, como sus adiestradores, está «de vacaciones». Mientras tanto, Rosa, Marina y Kike se encargan de ella. Pasará más de un año, concretamente catorce meses, hasta que comience a «ir al cole», como dice Rosa. Hasta entonces, como los niños, la educación la ha recibido en casa. Cuando vuelva definitivamente a la Fundación deberá afrontar unas largas jornadas académicas en las que sus aptitudes y capacidades se pondrán a prueba.

Aunque para entonces su familia de acogida no verá los resultados, sí que estarán pendientes de «las notas que Xena saque en el cole». Para ellos será un orgullo que demuestre todo lo que ha aprendido antes de comenzar la instrucción, todo lo que le han enseñado en casa.

Xena tiene los ojos marrones, a diferencia de la actriz de la serie, que los tenía azules. Sin embargo son tanto o más profundos que los de ella. Sabe salir muy bien en las fotos porque conoce a la perfección la orden «quieta». Kike se lo ha enseñado. Es más pequeña que sus hermanos (Xion, Xelma, Xian –todos con «x» para identificar su camada) que, según Rosa, «le sacan el doble de cuerpo». Siendo hembra, no obstante, es comprensible. En cualquier caso está bien proporcionada, tiene una buena mordida, el pelo brillante y las orejas y la cola son rectas y firmes. Es un buen ejemplar.

Pero ella no quiere ser una modelo. Ella va a ser un perro guía. Y en esta profesión hay otros rasgos que se valoran mucho más que la simetría o la distancia entre el lomo y las patas. Su inteligencia, su abnegación, su obediencia, su fidelidad y su nobleza son cualidades que serán puestas a prueba una y otra vez a lo largo de su vida. Y ahí es donde Xena deberá dar la talla.

Ahora se encuentra, como los niños, de vacaciones. Su familia de acogida está encantada de que permanezca con ellos hasta que, definitivamente, pase a formar parte de los perros de la Fundación. Será entonces cuando Xena comience a realizar ejercicios más complejos y las situaciones la pongan a prueba una y otra vez. Se está preparando para una labor muy importante. ¿Cómo se entrena para ser los ojos de alguien que no ve?

Xena con su uniforme de perro-guía Foto: R.L

Xena con su uniforme de perro-guía Foto: R.L

Muy probablemente, uno de los rasgos que llevó a los hombres a hacerse amigos de los perros es su forma de mirar. Hombres y perros pueden mirar y verse. Uno sabe a dónde mira el otro y el otro puede seguir con la mirada al primero. La capacidad deíctica, es decir, de señalar, es un rasgo propio solo del hombre, pero con la posición de su cuerpo y la dirección de sus ojos puede indicar al animal hacia dónde debe mirar.

En el caso de un ciego la dificultad es doble. El perro guía debe adivinar las intenciones de su dueño. Debe saber lo que piensa, debe entenderle. Kike lo sabe muy bien: «la mayor dificultad al educarla es que ella sepa lo que debe hacer sin que yo se lo diga».

Xena sigue un estricto adiestramiento a manos de Kike. Él tiene diecinueve años y es la primera vez que es el titular de un perro guía. Las dos anteriores que tuvieron en casa estuvieron a cargo de su madre. Aunque la responsabilidad siempre se comparte. La primera vez recibieron unas clases teóricas y un manual con las órdenes básicas de adiestramiento y conducta. Ya no les hace falta.

Pasean siempre con ella. La llevan al trabajo, a centros comerciales, a las tiendas, al metro, a los bares o simplemente a correr. Xena tiene su uniforme de trabajo y, siempre que no está jugando o descansando en casa, está de servicio. Su uniforme le autoriza a entrar a lugares en que otros perros tienen prohibida la entrada. «Por ley te tienen que dejar», explica su madre adoptiva, aunque una vez, en el dentista, le dijeron que no. En esos momentos Rosa espera que el que le niega la entrada no necesite el día de mañana la ayuda de alguien como Xena.

Lo más duro son «los orines y las heces fuera de casa», dice Rosa. «Hay gente que no se lo toma bien, pero tienen que entender la situación». Limpiar un pequeño estropicio en un centro comercial o en una tienda puede sonrojar, pero cuando sabes la razón por la que lo estás haciendo merece la pena. Las familias de acogida de los perros de la ONCE cumplen, además, una función que pasa desapercibida. Ellos dan visibilidad a la labor que realiza la Fundación ONCE del perro-guía.

Cuando la gente ve a un perro-guía llevado por otra persona que también puede ver el tabú desaparece. «Se acercan y te preguntan», cuenta Rosa. Pero todo tiene su trámite. «Deben preguntarte primero si la pueden acariciar y el perro debe estar atento a tu reacción. Después ya pueden hacerle un mimo», señala. Solo así quien no ha tratado nunca con este tipo de animales puede comprender la inmensa labor que realizan por las personas ciegas.

La familia adoptiva de Xena lo va a pasar mal cuando tengan que despedirse de ella, pero saben que es por una buena causa. Cuando se vaya de manera definitiva, a la espera de encontrar «un compañero de vida», se pondrán tristes por haber perdido un miembro más de su familia. Y Xena es el tercer perro que han tenido en casa de manera temporal. Antes que ella Dida y Rudy pasaron por su casa. Dos hembras de labrador, una de color negro y la otra de color canela.

La despedida

Rosa cuenta que con Dida estuvo muy triste al dejarla porque era la primera. Con Rudy también lloró mucho porque coincidió con una situación personal difícil y ella también era su apoyo. Con Xena espera que la cosa vaya mejor y no llore demasiado, aunque Kike sabe que su madre sentirá la ausencia al igual que con las anteriores. «Hasta que no está con una familia no se te pasa», dice Rosa. Él también lo pasará mal, aunque está particularmente orgulloso de Xena, con lo que la tristeza será menor. «Es la mejor de las tres». «Desde los seis meses ya hacía cosas que con Dida y Rudy me costaron el doble». Kike se deshace en elogios hablando de ella.

Los que los han visto jugando juntos desde que ella era un cachorro pueden dar fe de ello. Con una mirada de Kike continúa el juego o se queda completamente quieta. Si él le dice que suelte el juguete lo hace de forma inmediata. Antes de alejarse de él espera su aprobación y caminan juntos sin necesidad de correa.

En su casa, Xena busca instintivamente la aprobación en la mirada de quien tiene enfrente. Le da igual que estén haciéndole preguntas a Rosa. Ella viene, te da con el hocico y espera a que la treta le haya salido bien. Desde luego se ha ganado una caricia.

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Texto por: Jaime Recarte

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Licenciado en Filosofía y embarcado en la aventura del periodismo. Sígueme en Twitter @jrrecarte

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