El asesinato de la «virgen roja»


Hablaba cuatro idiomas, tenía dos carreras y era una de las intelectuales más respetadas de la época. Sin embargo, su talento no la salvó de la muerte. El 9 de junio de 1933, Hildegart Rodríguez murió mientras dormía

En un irónico alarde de luto, vestida de riguroso negro y con un ramo de claveles en la mano, aguarda una mujer en la Sección Primera de lo Criminal de la Audiencia de Madrid. Es 25 de mayo de 1934 y comienza el juicio por el asesinato de una de las intelectuales más prolíficas de la época. La mujer de negro declara como principal acusada. A cada una de las preguntas del fiscal responde con un discurso. Voz firme, enérgico ademán, documentos y citas, y a falta de pupitre, la procesada subraya sus argumentos con firmes golpes de los pies en el suelo.

-Disparé con certeza y serenidad para que no sufriera.

Los curiosos se revuelven en su asiento. Ellos saben de quién está hablando.

-Mi hija era pura como una virgen, la virgen roja la llamó Tornel en un artículo; yo no quise que nadie me la quitara ni por amor ni por ideas políticas, porque había sido siempre sumisa y dócil a todos mis mandatos, y antes que nadie me la quitara me adelanté yo.

El cadáver de Hildegart Rodríguez. Foto: Alfonso (La Libertad)

Un año antes, en junio de 1933, esa misma mujer subió a la azotea de su edificio, en la calle Galileo, donde, revólver en mano, disparó al aire. Días después, sobre las ocho de la mañana, salió de su domicilio. Ataviada con un abrigo negro y cargando un paquete con ropa se dirigió hacia la casa del diputado Botella Asensi, abogado de profesión, al que con calculada serenidad confesó el crimen cometido horas antes.

Julia García, empleada del número 57 de la céntrica calle madrileña, entró poco después en el edificio. Volvía de pasear a los perros y, una vez en la casa, recorrió varias habitaciones buscando a un gato extraviado. Sin éxito, entró en la habitación de la joven de la casa, donde la encontró en su cama, bañada en sangre. Tres disparos en el lado derecho de su cara y uno en el pecho acabaron con la vida de la intelectual de 18 años Hildegart Rodríguez. En la misma estancia, sobre una cama turca, reposaba entre las sábanas el revólver que terminó con las expectativas puestas en una de las grandes promesas de la época. La pistola, todavía caliente, constaba de cinco cápsulas, cuatro de ellas descargadas pocos momentos antes.

El 9 de junio de 1933, entre llantos y después de confesar el crimen perpetrado, Aurora Rodríguez ingresó en la cárcel de mujeres.

La gestación de una idea

Oriunda de Ferrol, Aurora Rodríguez aprendió de los libros que abundaban en la biblioteca paterna lo que la escuela convencional no le enseñaba. Sustituyó así la educación formal por la del socialismo utópico y, embriagada por algunas de esas lecturas mal digeridas, ideas sobre la raza o la eugenesia —búsqueda selectiva de un ser superior— comenzaron a tomar forma en su cabeza.

Con tan solo dieciséis años educó a su sobrino Pepito Arriola, y lo convirtió en un pianista precoz que, a los cinco años, asombraría a la Reina Regente María Cristina en un concierto ofrecido. Su hermana, atraída por el talento del hijo extramarital al que había renunciado, dejó a Aurora sin tiempo para saborear el resultado de su pedagogía, y recuperó la custodia de Pepito Arriola. Pero para Aurora la eugenesia se convirtió en un plan viable. Y empezó a tejer su tela de araña.

Los tiempos impedían engendrar a un bebé de forma artificial, pero eludiendo las dificultades de la época, buscó lo que calificaría durante el juicio de «colaborador fisiológico». Y encontró a un sacerdote y marino. Encinta, viajó a la capital de España, donde daría a luz el 9 de diciembre de 1914 a una niña a la que llamaría Hildegart, en alemán «jardín de la sabiduría», preludio de los planes que contemplaba para ella.

Hildegart Rodríguez junto a su madre y asesina, Aurora. Foto: La Vanguardia

Hildegart Rodríguez junto a su madre y asesina, Aurora. Foto: La Vanguardia

Materializando el proyecto que Mery Shelley relató en «Frankestein o el pequeño Prometeo», Aurora educó a su pequeña y la convirtió en «redentora» de las mujeres. A los cuatro años, Hildegart, que resultó ser para orgullo materno una niña prodigio, ya leía y escribía. A los diez hablaba francés, inglés y alemán. Finalizadas las carreras de Derecho y Filosofía y Letras e inculcada con los valores progresistas y feministas que su madre promovía, en 1929 ingresó en las Juventudes Socialistas y se convirtió en una activista propagandística respetada en la época. «El Socialista» o  elperiódico de la izquierda republicana «La Tierra» recogieron la militancia de la joven en más de setenta artículos.

Siguiendo el dictado eugenésico, Aurora diseñó a un ser perfecto, materializado en el fruto de su vientre. En el juicio describiría a Hildegart como «un faro de la Humanidad, una verdadera conductora de muchedumbres, un certero guía, una virgen roja».

Más adelante, requerida por Gregorio Marañón –también subyugado por la eugenesia-, ostentó la secretaría de La Liga para la Reforma Sexual, creada y presidida por el prestigioso doctor, donde promovería revolucionarias ideas sobre la libertad sexual de las mujeres, un considerable avance en una época en la que el feminismo comenzaba a arraigar en la sociedad.

Una libertadora sin libertad

Su influencia traspasó fronteras y atrajo a eminencias de la sexología. Hildegart mantuvo relación epistolar con Havellock Ellis, toda una institución en los estudios sobre sexualidad, y con el famoso novelista H.G. Wells. Estas correspondencias propiciaron que Aurora —después de la baja de afiliación de su hija del Partido Socialista y su ingreso en el Republicano Federal- sospechase de una conspiración que urdían ciertas personalidades de izquierdas para separarla de Hildegart y aprovechar el talento que ella había «construido».

Fue entonces cuando Aurora compró el revólver. Cortó también la línea telefónica de la vivienda de Galileo 57 y discutió con su hija. Según Julia, su empleada, las disputas eran frecuentes entre ambas. Hildegart fue criada para promover la libertad, una libertad que se le vetaba cuando disentía del parecer de su «diseñadora». Apenas podía separarse de su progenitora sin que ésta amenazase con el suicidio.

Sobre la mente de Aurora recaía la sospecha de que su hija, criada para luchar por la libertad sexual de las mujeres, estaba enamorada de Abel Velilla, político catalán. Pese a los rumores, nada prueba que Hildegart o «la virgen roja», como la llamaban en la época, mantuviese algún tipo de relación con el hombre. Y su madre pretendía que así continuase, pues no tenía pensado consentir que «su proyecto» se desencaminase de la ruta trazada. Hildegart era una libertadora sin libertad.

En los turbulentos aledaños de la Guerra Civil, el 9 de junio de 1933, tras una de sus habituales discusiones, Aurora tomó una decisión irrevocable. Si ella no podía disfrutar de los logros de la hija a la que había creado para conseguirlos, nadie lo haría. Acabó con la vida de la joven mientras dormía, sellando para siempre el jardín de la sabiduría de la irreverente y prolífica Hildegart.
Aurora Rodríguez Carballeira fue condenada a 26 años de prisión por el parricidio perpetrado. «Y cien veces lo volvería a hacer», manifestó.

En el juicio, con frialdad de cirujano, declaróa, justificándose: «Si un arquitecto una vez realizado su más extraordinario proyecto se da cuenta de que su edificio va a hundirse antes lo vuela». Y como Mery Shelley, con asombrosa serenidad eliminó su exitoso «proyecto».

 

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Fuentes consultadas:

Diario La Libertad

Hemeroteca ABC

Biblioteca de prensa histórica

Programa Caso Abierto: declaraciones de Carmen Domínguez, autora de «Mi querida hija Hildegart»

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Texto por: Lucía M. Cabanelas

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Una (otra) gallega en Madrid. Periodista y sufridora (del Celta). Afouteza e corazón. On the road. En Twitter soy @luciacab https://twitter.com/luciacab

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