El crimen de la calle Fuencarral: inicio del sensacionalismo


En julio de 1888 todos los madrileños estuvieron atentos a una única noticia: el asesinato de una viuda rica en pleno centro de la ciudad
Número 95 de la calle Fuencarral. En teoría el lugar donde se cometió el crimen. FOTO: B.F.R.

Número 95 de la calle Fuencarral. En teoría, el lugar donde se cometió el crimen. FOTO: B.F.R.

«¡Catorce mil duros!». Con esas misteriosas palabras se despedía del mundo Higinia Balaguer Ostalé. El 19 de julio se ejecutó a la criada más famosa de España. El significado de su última frase, dirigida a su mejor amiga, Dolores Ávila, hubo de llevárselo con ella a la tumba.

Tras dos años de investigaciones y declaraciones contradictorias el crimen de la calle Fuencarral parecía resuelto. Pero como no siempre es mejor el camino más corto, he aquí una serie de indicios que nos harán dudar del veredicto.

La señorita Higinia Balaguer, de veintiocho años, murió por garrote vil por una infamia que tal vez no había cometido. El juicio, recordarán ustedes, se fijó el 26 de marzo del pasado año. No cabía un alma en la plaza de las Salesas, en el barrio de Alonso Martínez. Todo Madrid estaba presente deseoso de saber el final del enredo.

Llegados a este punto, es bueno recordar cuáles fueron los sucesos acaecidos. Unos alaridos despertaron a las tranquilas gentes de la calle Fuencarral. Del número 109 salían llamaradas. Una criada pedía auxilio desde el balcón. Los vecinos del edificio, junto con el juez Felipe Peña, entraron en el segundo izquierda y encontraron un cadáver calcinado. Se trataba de Luciana Borcino, viuda de Vázquez-Varela, mujer de unos 50 años tremendamente rica.

Murió el 1 de julio sobre las 10 de la noche. Fue apuñalada tres veces y quemada después de su muerte. Su cuerpo carbonizado yacía sobre la cama de su dormitorio. En la otra habitación, Higinia Balaguer, que había entrado como criada tan solo seis días antes, se encontraba desmayada junto al perro de la viuda. Fue la primera sospechosa, a pesar de que junto al cadáver de la viuda se halló una camisa manchada de sangre con las siglas de su hijo, J.V.V.

José Vázquez-Varela, de 23 años y conocido como «Pollo Varela», fue el otro sospechoso. Una enorme fortuna le aguardaba tras la muerte de su madre. A la policía solo le fallaba un detalle sin importancia: la noche de autos, el hijo se hallaba en prisión por el robo de una capa. Así, aparentemente, quedaba libre de pecado. No era la primera vez que Pollo Varela entraba en la cárcel; de hecho, en una ocasión, poco antes del incidente, había ingresado precisamente por agredir a su madre.

Las diferentes versiones de Higinia

Parecía que el escenario estaba listo y las cartas repartidas cuando salió a la luz un importante hecho. Higinia había vivido con un hombre en una taberna frente a la cárcel donde se encontraba recluido el señorito. Además, se dijo que Vázquez-Varela la había ofrecido un puesto de trabajo como criada de Millán Astray, director de la prisión. Higinia ganaba cada vez más puntos para ser la culpable, pero Pollo Varela no se quedaba atrás. Se descubrió que salía y entraba a voluntad de la prisión gracias a su amistad con el director de la cárcel, por lo que perfectamente pudo cometer el crimen.

Las pistas seguían siendo algo dudosas. Por un lado, la autopsia determinó que había sido una persona de indudable fuerza la que había apuñalado a la viuda, cosa que ponía en duda la teoría de Higinia como asesina. Además, la criada no cesaba de repetir, en una de las primeras versiones que dio al juez, que el culpable fue un hombre misterioso que había entrado en la casa. Pero el bulldog de la viuda era muy agresivo y no hubiese dejado que se le acercara cualquier extraño. Con que todo seguía apuntando a unos de los dos sospechosos

En estas que Higinia Balaguer varió su versión, que no sería ni de lejos la definitiva, pues hasta en veinte ocasiones hubo de cambiarla. Confesó poco después que ella había sido la asesina tras una trifulca con su señora y había robado sus alhajas para simular un asesinato. Estas junto con una cantidad de dinero habían ido a parar a casa de su amiga Dolores Ávila, de la que también dudaba la policía.

Una vez más la criada cambió su versión. En esta ocasión habían sido el señorito Varela y Millán Astray los artífices del diabólico plan que llevó a la viuda a la muerte. El hijo fue a reclamarle dinero, como en tantas ocasiones, y al negárselo esta, habría entrado en cólera apuñalándola. Higinia recibió de todo aquello una pequeña cantidad para guardar silencio. Compungida, la criada confesó que mintió por petición de Millán Astray. Por este motivo, el propio director de la prisión acabó tras los barrotes.

El mismísimo Nicolás Salmerón, tercer presidente de la república, se personó como defensa de Higinia. Dijo compadecerse del complot que habían urdido a su alrededor. Las buenas gentes de Madrid estaban cada vez más enloquecidas. Salían a la calle en defensa de Higinia, cansados de los tejemanejes de la alta burguesía, cansados de los pollo varela del mundo. Ya decía Larra, a principios de siglo, «Aquí yace media España, murió de la otra media». Esa frase estuvo en aquellos días más acertada que nunca. Los higinistas contra los varelistas. El pueblo llano frente a la burguesía. ¿Quién habría de acabar con quién?

Llegó el día del juicio. Higinia Balaguer dejó patidifuso a todo el juzgado al cambiar una última vez su versión. Ella misma, con ayuda de su amiga Dolores, fueron las únicas asesinas de la viuda de Vázquez-Varela. No fueron suficiente las declaraciones de un funcionario de prisiones que confesó algo sorprendente. La noche del asesinato, el Pollo Varela había estado fuera de la prisión. En pleno estado de embriaguez confesó al funcionario que acababa de matar a su madre. Pero el argumento no tuvo poder de convicción. Tampoco los sucesos incongruentes como aquella camisa manchada o la fuerza con la que se le apuñaló. Con la auto-inculpación de la criada poco más se podía hacer.

Así llegamos al momento actual. Pollo Varela y Millán Astray absueltos. Cárcel para Dolores. Pena de muerte para Higinia. Y un último misterio: «¡Catorce mil duros!», ¿sabremos algún día qué quiso decir? En manos de la Providencia queda.

Las consecuencias del crimen: El inicio de la prensa sensacionalista

Fueron estos hechos los que prendieron la llama en la prensa española. La noticia, redactada en el momento actual, narra los hechos que ocuparían todas las portadas en aquellos días. El principio del morbo. Gran parte de las cabeceras españolas peleándose por conseguir lectores. Interviniendo en las investigaciones. Y por supuesto, obviando la presunción de inocencia y posicionándose.

El periódico El liberal, fundado en 1879, abrió en primera página con el titular «El crimen de la calle Fuencarral». En aquella época las portadas de periódicos abrían con una multitud de informaciones, pero en esa ocasión solo importó una. Las reglas del periodismo habían cambiado para siempre.

A pesar de que alrededor de un 68% de la población era analfabeta, la prensa se convirtió en su fuente de chismes. Fue el comienzo también de la sección de sucesos, que hasta entonces jamás había tenido un lugar fijo en los periódicos. Hasta Benito Pérez Galdós noveló el suceso y declaró: «No he visto nunca mayor excitación en Madrid por un asunto de esta naturaleza. Por las noches, un gentío inmenso aguarda la salida de los periódicos en las inmediaciones de las oficinas de éstos».

También Emilia Pardo Bazán asistió a la ejecución. Higinia fue más conocida por el crimen que por ser la última persona que murió en una ejecución pública de Madrid. Los periódicos realizaron investigaciones paralelas al juicio y llegaron a ganar cantidades de dinero astronómicas.

Hoy en día el periodismo sensacionalista se mantiene, aunque apenas se recuerda el suceso que lo creó. El número 109 de la calle Fuencarral ya no existe. Se dice que, al trasladarse los números, pasó a ser el 95. El edificio es tranquilo. Tiene las puertas abiertas por la gran cantidad de hostales que alberga. Poco o nada saben los dueños de estos negocios acerca del crimen. «¿Fue aquí? ¿estás segura? Nunca había oído nada», duda un hostelero del cuarto piso. Los únicos fantasmas que conocen son los que se llevó la edad en las habitaciones de ese mismo hostal.

En el segundo izquierda hay otro más. El hostelero duda y al igual que los demás vecinos no acaba de creerse la historia. La puerta está abierta. Los techos son altos y los pasillos interminables. La estancia es lo suficientemente lúgubre para pensar que allí pudo cometerse un crimen. Pero, al igual que en el asesinato, nos quedamos con la duda.

 

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Texto por: Beatriz F. Rebolledo

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