El anciano «terrorista» y otras historias subterráneas


Cómo llegué a Sol sin perderme, observando a la gente más curiosa y teniendo tiempo para comprar una chocolatina

Toda mi vida en Metro comienza en una vaguada: la que lleva a la estación de Lacoma. El trayecto a este sitio recuerda a esas etapas del Tour, en el Tourmalet, con unas pendientes que son muy agradecidas para aficionados al footing…y un poco menos para los jubilados que los esquivan. Suele haber poco tráfico, nunca he visto un atasco, y la estación se encumbra en un montículo. Esta montaña mágica que lleva a cualquier sitio de la capital no tiene a alemanes reumáticos hablando de filosofía, pero sí a unos cuantos canis que hacen botellín y hablan del Madrid. Esto es, a su modo, también una conversación metafísica.

Alrededor de la estación solía aparcar su 600 verde mi profesor de historia de la EGB, que todavía lucía con orgullo cuando le conocí. Cerca, las basuras de los pisos de Ramón Gómez de la Serna muestran siempre las cosas más curiosas que uno pueda imaginar: desde juguetes usados hasta ordenadores estropeados; un verdadero festín para los tipos que hacen de la búsqueda allí su principal negocio. A la derecha, se encuentra el campo de Lacoma, donde se realizan partidos cada fin de semana y se suele concentrar una gran afición.

Lisergia óptica en colores fríos o visión de borracho común desde el vagón - FOTOGRAFÍA DEL AUTOR

Lisergia óptica en colores fríos o visión de borracho común desde el vagón – Foto: J.T.

Introducir el pie entre coche y andén

La estación de Lacoma es un sitio pulcro, casi siempre vacía fuera de dos o tres horas punta. Es una evidente obra faraónica del «gallardonato», que buscaba conectar las afueras de la capital con el centro. La demanda, en cierto sentido cubierta ya con los autobuses, se inventó para crear conexiones en los sitios más inhóspitos de la capital. Estructuras metálicas en explanadas de pardo castellano que evocan a las novelas de Ballard. El trayecto de la mañana suele estar dominado por trabajadores liberales, algún obrero y todavía pocos jóvenes. Un día me encontré a Javier González Solás, un viejo profesor de la Complutense y que rozaba la psicopatía en sus exámenes. Él, en el trabajo que me encargó, me dio a elegir implícitamente entre un notable y la locura. Elegí lo primero: creo que hice mal.

9261295 - ALEJANRO CARRA - GALLARDÓN DESATADO

Gallardón en la cúspide de su poder – Foto: Alejandro Carra

Por la tarde, el trayecto muestra tipos curiosos. Un hombre de pómulos carcomidos, aspecto agitanado, consumido, me mira mal al entrar. Creo que no me he afeitado. Cerca de él hay un joven dominicano con ese pelo a lo One Direction o, para los más carrozas, evocador del Bowie de los años 80. Quiero creer que está jugando con su móvil, aunque no acierto a verlo en el reflejo. Unos señores mayores, con ese aspecto eterno de la provincia y vermú en el país, discuten un poco al fondo sobre la familia.

En las primeras estaciones uno suele fijarse en la publicidad, que domina las ventanas de cada estación. En Valdezarza centro la mirada en un cartel del propio metro donde aparece un chaval rubio, con ojos azules y barba que parece quiere irse a correr a un sitio específico. No he visto jamás a nadie con ese look en el Metro de Madrid; quizá en el Oslo, dados los rasgos. Es evidente que los publicistas hace mucho tiempo que dejaron de usar el metro. Un poco más tarde, en Francos Rodríguez, sube una anciana con una muda colorida. Parece una cebra lisérgica sacada de un disco de Vainica Doble. ¿Compraría el vestido en una fiesta del orgullo gay? Juega con su móvil y oteo su pantalla: Candy Crush. Ha llevado los colores del móvil a la vida real. Un poco antes ha subido una pareja de frikis, mirada huidiza en ella y pelo largo descuidado y barba de dos días en él, con su hija recién nacida. Es algo extraño ver a un friki que se ha reproducido: resulta tan sorprendente como Pablo Iglesias en la sede de La Razón.  «No es esto, no es esto», pienso parafraseando a Ortega.

En Guzmán el Bueno he visto dos lectores: uno con Ebook y el otro con libro de papel. No puedo leer los libros que leen, una de mis aficiones favoritas en Metro de Madrid S.A. Si bien creo que es un avance: no es el París de escritores bohemios, pero vamos mejorando. En un futuro veremos a Debord. Y yo ahora he visto algo mejor que cualquier filósofo francés: unos ojos bien bonitos.  Guzmán el Bueno, la línea 6, también me presenta a una chica bastante agradable, de facciones agraciadas…pero con acné. El bigote de la Monalisa, de nuevo. A medida que pasan las estaciones me parece cada vez más guapa: creo si me quedo hasta Pueblo Nuevo le acabo pidiendo la mano. Pronto surge competencia en mi corazón: se sienta también una chica delante mía como la otra. Creo que las doy algo…o más bien era el único sitio libre. Decepcionado, me voy.

 Próxima Estación, Canal

Canal es un cruce de caminos en el Metro y recuerda al viejo Scalextrix que dominó en los años 90 Cuatro Caminos. A veces hay un violinista de cierto tino, que suele acompañar a los viandantes con sus melodías pegajosas a la hora de comer. Como Canal es clave en el enlace en las zonas de marcha, suele estar dominada a las largas horas de la noche por jóvenes.

La línea 2, la que enlaza Canal, suele ser lenta y llega a tardar más de diez minutos en aparecer. Los vagones están llenos. Cerca de mí hay un anciano orondo, con barba, en ese estilo tan característico del último Orson Welles. Está un poco descuidado y mira confundido. Tiene una bolsa de Carrefour, pero no alcanzo a ver qué tiene en su interior. ¿Comida para varios días? No lo sé. Cerca de él hay una chica muy esbelta, a la derecha. Labios de melocotón que susurran divinas palabras a su amiga, de aspecto modernito. Tendrá apenas 17 o 18 años. No la miro más: «el recuerdo de la belleza es mejor que la belleza», que decía algún escritor francés del que no recuerdo el nombre por no poner los acentos al revés.

A la izquierda hay dos jóvenes que charlan animadamente, de forma un poco belicosa, sobre la situación actual, a lo Pablo Iglesias. «Las sociedades son…»; «Tus amigos sólo saben beberse tres en tres». Esa vindicación de lo abstemio me hace recordar la frase de Baudelaire (cuyo nombre puedo poner aquí porque no tiene acentos): «Hay que de desconfiar de la gente que no bebe». Ya cerca de Sol se sienta un extranjero que lee The Economist, de aspecto juvenil y con una raqueta. Su bolea como mano invisible del capitalismo. A muchos les encantaría ese joven aquí, verdadero yuppie, que mantuviera una publicación tan moderna. Lamentablemente los abuelos reaccionarios son más y más rentables que los Lobos de Wall Street; Parla Street, aquí.

El tipo de aspecto orondo y viejuno se baja en Ópera, cojeando. Se queda mirando el póster de una película vasca, ¿será vasco? ¿por qué cojea? Me imagino épicas historias en el Euskadi de los 80, con gente persiguiéndole en esos montes verdes. A lo mejor es mucho menos épico y solo tuvo un traspiés en las escaleras de El Corte Inglés. Se aleja de mi vista entrando mi vagón a la estación de Sol, final de trayecto.

La puerta sin Sol

Sol es una estación que parece laberíntica, pensada por algún científico loco. Siempre es bulliciosa, con gente de todas las tribus urbanas y está dominada por los músicos callejeros. Un laberinto con un Minotauro que canta «El condor pasa» y todos los éxitos del altiplano boliviano.

VERTICAL

Gente corriente en Sol – ABC

Al salir de la estación, se respira un poco todavía la melancolía posterior al 15M. Las reuniones anteriores, que superaban las 100 personas, ahora no pasan de 20 y suelen estar controladas por los policías a caballo. El único recuerdo son los carteles «no subirse» en la babosa férrea, improvisado bicho «ciberpunk», que recuerdan a aquellos que tenía en esos días llenos de ilusión de 2011. La ilusión duró hasta la evasión fiscal de Monedero, verdadero fin de la infancia de toda una generación condenada a la precariedad.

Ahora el kilómetro cero no lo pisan los jóvenes con futuro, sino chicos que reparten octavillas con forzada felicidad como malos actores de este gran circo que dominan los muñecos tróspidos de Bob Esponja o Dora la Exploradora.

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