Lectores, un mago y una cara conocida en la línea 10


El metro es un lugar de paso en el que no se piensa demasiado

Colonia Jardín es, para muchos como yo, la puerta de entrada a la capital. Más de una decena de líneas de autobús pasan por la estación. Allí también confluyen, además, las dos líneas de Metro Ligero Oeste. Pozuelo y Boadilla. ML2 y ML3. A lo largo de este último año he pasado allí mucho tiempo. Noches incluidas. En torno a una farola, mientras volvía a casa, cuando me dolían los pies y tenía frío. El único momento del día en que tenía tiempo para pensar. Parado en mitad del viaje.

El metro es un lugar de paso y raras veces se vuelve la mirada sobre él. Pero hoy vamos a hacerlo. Nos lo hemos propuesto. Vamos a hacer periodismo dentro del metro. Lápiz y papel en mano.

La tarde está cayendo y, mirando hacia el oeste, sobre la estación del metro planean las sombras de Carrefour y la torre de Telemadrid. Justo enfrente, unas pequeñas casas blancas que siempre llamaron mi atención. Son casas de militares. Un artículo que quise escribir y que encontré publicado. El periodismo para los periodistas es en parte eso: disfrutar con las historias que tú mismo habrías querido escribir.

Bajo al andén y descubro más gente de la que esperaba. Algunos trabajadores jóvenes del Banco Santander hablan despreocupados. Son fáciles de reconocer: ellos con traje de chaqueta y corbata y ellas con tacones. Huelen a perfume, van perfectamente peinados y llevan los zapatos limpios. Deben de estar cansados pero no lo aparentan. De cerca, una estudiante universitaria les sigue con la mirada. Probablemente estudie arquitectura. Lleva una carpeta grande. Todos vuelven.

Cuando llega el tren sorprende que haya muchos asientos disponibles. Viene desde la estación de Puerta del Sur y continuará hasta Tres Olivos (aunque estos tres no sean los míos). Es la línea 10. En el andén también esperan tres jóvenes negros. Dos son más altos y uno bajito. Cambian la pierna sobre la que se apoyan con frecuencia y no permanecen mucho tiempo en la misma postura. Entramos todos dentro del vagón y el silencio se me hace extraño. Por la mañana suele haber mucho más bullicio en la línea. Ahora sin embargo se puede ver el final del tren casi desde el otro extremo. Muchos de los que permanecen de pie van en grupo, así pueden seguir hablando entre ellos. Recorro el tren de una parte a otra.

Los trenes de la 10 son de los más modernos de la red. Están formados por vagones articulados sin separación interna. Son más amplios que los de la línea 6. Las barras para agarrarse son simples (y no triples como las más modernas) y de color del acero pulido. El color que predomina en los coches es el azul oscuro, como la línea, aunque también circulan en otras vías.

Unos leen, otros van con auriculares. Muchos –tristemente, creo–, solo miran sus teléfonos móviles. Aislados en sí mismos. Todos ven pero nadie mira. Todos oyen pero nadie escucha. Así es el metro, un lugar de paso. Y hay que buscar algo que hacer cuando se va solo. Si no se corre el riesgo de reflexionar y preguntarse hacia dónde se está yendo y para qué.

En mitad de un viaje, en mitad de un espectáculo Foto: J.R.

En mitad de un viaje, en mitad de un espectáculo Foto: J.R.

De repente escucho música y acelero el paso. Iba contando cuántos asientos hay en el tren. Nunca lo había pensado. Un mago está en mitad de la función. Lleva puestos unos pantalones grises y una camisa blanca con un chaleco. Una flor roja asoma de su ojal. El color de su pelo hace juego con el de sus pantalones y un poblado bigote añade algo de extrañeza a la excentricidad de su oficio. Eso y unas cuerdas inmensas con las que está haciendo trucos de magia. Un grupo se ríe y otros miran desconcertados. Por un momento algunos han levantado la cabeza de sus entretenimientos. Salen de sí y le miran. La actuación es sencilla y tiene su parte cómica.

La música se acaba y pasa un sombrero morado de purpurina. El mago camina a un lado y a otro saludando y agradeciendo la atención. Después se mueve unos cuantos metros y comienza de nuevo. Tras pasar frente a mí se desvela tras él una cara conocida. La miro fijamente de forma disimulada. No estoy seguro de que sea ella. La televisión cambia a la gente. Sus ojos azules destacan más y las líneas de su cara son más suaves que en la pantalla.

En el metro todos somos iguales

Hacemos transbordo en Plaza de España y no me atrevo a saludarla. En ABC llevamos una desafortunada frase suya sobre los periodistas almerienses. En la página 4, con los protagonistas del día.

Al final le pregunto:

—Hola, perdona, ¿eres Samanta Villar?

—Sí. —Responde de manera correcta. Debe de estar acostumbrada.

—Es que soy alumno de un máster de periodismo y ahora mismo estoy escribiendo un artículo sobre esta línea de metro. Hemos quedado mis compañeros y yo en Sol.

Me mira sorprendida y su expresión cambia. Le cuento cuál es nuestro proyecto de la tarde y que dentro de poco estaremos en la redacción. «Mucho ánimo», me dice. «Lo que tienes que hacer es proponer ideas. Hay muy poca gente que se atreve a proponer ideas». Nos despedimos y yo continúo mi camino. Pienso si no debería haberle preguntado por su frase. No sé qué tal periodista soy.

La línea 3 a su paso por Plaza de España va llena. Entro al vagón y apenas puedo moverme. Sigo pensando en la conversación que he tenido con la reportera mientras subíamos las escaleras mecánicas. El calor es denso y húmedo. Un poco agobiante, pero sólo son dos paradas.

Creo que da igual la hora que sea. Sol es la puerta más transitada de Madrid. Tengo un problema con el intercambiador, siempre tengo que pensar por dónde tengo que salir. Después de muchos años no he conseguido acostumbrarme. Encuentro las escaleras. La publicidad es odiosa. Vodafone-Sol se llama desde hace unos años la estación. Y la línea que lleva el mismo color de la marca de telefonía también lleva ese nombre también.

Voy hacia el kilómetro cero y encuentro a Silvia sentada leyendo. Está distraída y tiene los pies apoyados sobre una cadena de gruesos eslabones. Pongo un pie en el Kilómetro cero y pienso que el lugar no es casual. Madrilánea se acaba para nosotros pero empieza otro –esperemos que largo– camino. Continuarán los viajes en metro –a pesar de mi edad no tengo carné de conducir– y en mis paradas en mitad del viaje espero poder seguir reflexionando de vez en cuando. Poder quitarme los auriculares y levantar la vista del libro. En el fondo esa es la razón por la que me estoy haciendo periodista.

Kilómetro 0 Foto: J.R.

Kilómetro 0 Foto: J.R.

(En los trenes de la línea 10 hay 180 asientos. Después tuve que volver para contarlos, aunque no fui capaz. Me olvidaba de los que llevaba contados. Estaba bastante cansado aunque no es excusa. De hecho iba tan cansado que no era capaz de contar tampoco los vagones. Ahora sé que son seis, y que «el estilo exterior lleva la firma del prestigioso diseñador italiano Pininfarina», según la empresa que los fabrica. Pueden llegar a alcanzar los 120km/hora. Pero eso lo sé ahora. El martes por la noche solo podía pensar en la gente, en el consejo de Samanta Villar y en qué va a ser de mí los próximos meses. Y después el resto de mi vida. Y de mis compañeros. Y de su futuro).

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Texto por: Jaime Recarte

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Licenciado en Filosofía y embarcado en la aventura del periodismo. Sígueme en Twitter @jrrecarte

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