Una maravilla de mercado


En el Mercado de Maravillas, que acompaña a los madrileños desde 1933, el tiempo se detiene y comprar se convierte en un placer
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Mercado de Maravillas Foto: Belén Díaz Alonso

Bravo Murillo, una de las calles más populosas y animadas de Madrid, alberga el Mercado Maravillas, el más antiguo de la capital. Entrar en él es olvidar todas las preocupaciones del día a día. Es un lugar para disfrutar, donde los minutos parecen segundos, en el que el simple hecho de pasear y observar se convierte en un placer. Un lugar en el que cualquiera puede deleitarse a través de los cinco sentidos, contemplando la multitud de matices que transmiten sus productos, llegados de todas las regiones de España y más allá de nuestras fronteras.

Las fruterías nos muestran los colores más vivos de la tierra. Todas las frutas, verduras y hortalizas perfectamente colocadas. Así, por ejemplo, las variantes de manzana, forman una pirámide con cuatro tonalidades diferentes. Junto a ellas, el amarillo intenso de los limones; y en una de las esquinas, un racimo de plátanos verdes cuelga del puesto. El morado de la lombarda y las berenjenas, el blanco de la coliflor, el rojo vivo de los tomates o el más pálido de las fresas, y así hasta el infinito de todas las tonalidades del arco iris.

Por sus interminables pasillos, te puedes deleitar paseando y percibiendo los diferentes olores que el mercado te ofrece: dos panaderías con su propio horno, que brindan a sus clientes una rica variedad de panes; donde los bollos, expuestos en las vitrinas, podrían ser llamados con cualquier adjetivo referente a lo «artesano», nunca a lo «industrial». Entre la diversidad de sus puestos nos encontramos uno muy pequeñito –casi parece estar separado de sus vecinos de profesión–, en el que podemos encontrar hasta cincuenta clases de especias y tés de todos los tipos. Las primeras, expuestas en pequeños sacos de tela, despiertan la curiosidad de muchos de los que pasan, que se detienen atraídos por la mezcla de olores y colores.

En casi todos los puestos del mercado, se conversa, se comenta, se pregunta, se discute, se protesta, se bromea, se ríe. Pequeñas conversaciones, charlas amenas y despreocupadas entre los clientes y empleados o dueños. Temas de actualidad banales, tales como el tiempo, el tráfico o un intercambio de recetas. Otras  veces, arreglar el mundo, acabar con el hambre, terminar con el paro, finalizar las guerras, e incluso algunos se atreven con la filosofía y la ciencia. Da igual si eres un cliente habitual o si es la primera vez que te acercas, te atenderán con simpatía y confianza y después de realizar tu compra, el tendero te despedirá con cualquier frase agradable.

En el Mercado Maravillas no se venden únicamente alimentos. Podemos encontrar además un gran número de tiendas que, aunque separadas del núcleo de los puestos de alimentación, exhiben en sus escaparates relojes, zapatos, ropa,  joyería, floristería y regalos.

Sin embargo, el Mercado no ha sido siempre así. Julián trabaja en él desde 1964. Nos cuenta que la gran variedad de habitantes de países y pueblos que tiene hoy día el barrio de Tetuán, ha obligado a irse adaptando a muchos de sus puestos. Echando la vista atrás, Julián nos relata sus primeros años como frutero: «Antiguamente, el trabajo era mucho más duro y sacrificado. No había ascensores, carretillas o montacargas que hoy ayudan a reducir el esfuerzo, antes se hacía todo a pulso».

Recuerda que, sobre estas fechas, se empezaban a colocar los braseros dentro de los propios puestos para superar el terrible frío de los meses de invierno. Pero, sin duda, el cambio más significativo para Julián ha sido la implantación de los diferentes tributos: «Cuando yo entré no existía el IVA, ni muchos de los impuestos que se pagan ahora, esto ha provocado que mucha gente no pueda asumir esos pagos y se vea obligado a vender o traspasar su puesto».

Julián ha estado al cargo de la frutería más de 30 años. Sin embargo, su edad y la cantidad de horas necesarias para atender su puesto le han obligado a cedérselo a su hija. Pero él, que no quería desvincularse del todo, ha comprado uno de los cinco bares que hay entre los puestos, para servir de descanso a empleados y clientes que quieran darse un pequeño respiro para continuar con la jornada.

Pero la triste realidad es que la prisa, que sufrimos continuamente, hace muy difícil que puedas ir al mercado más de una vez por semana. La generación de hoy prefiere, y se equivoca, una gran superficie, en la que todo es más impersonal y donde nadie te atiende. Y si te atiende no te mira, y si te mira casi ni te habla aunque le preguntes. Y si te habla, te habla tan acelerado, que cuando le quieres volver a preguntar ya se ha ido.

Hasta tal punto llega lo impersonal, que en muchos casos ni siquiera se va a un supermercado, sino que se realiza la compra a través de Internet. Poco a poco se ha ido perdiendo la «afición» a los mercados: ese lugar donde te conocen, te saludan, te preguntan, te escuchan, te animan y te hablan; tanto, que algunas veces, con educación, tienes que decir que ese día, llevas prisa. Y eso es la vida, lo otro es vivir enlatado.

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Texto por: Rocío Fernández de Buján

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