Vacuna en la UGT


El intercambiador de Avenida de América sigue dominado por un edificio de aire soviético que llama la atención sobre el resto del entorno

Edificio de UGT desde Avenida de América. Foto: N.M.

El doctor Braso me recibió en su consulta de la sede de UGT. Fui a entrevistarlo pero me saludó como a un paciente más, hasta que cayó en la cuenta de que era yo, el reportero con el que había quedado. Mal que me pese, dejé que la enfermera me pusiera la antigripal antes de empezar la entrevista, como un periodista de la vieja escuela que necesita un trago antes de comenzar el trabajo.

La primera vez que vi el edificio de UGT en Avenida de América tenía un calor sofocante. Mientras seguía remangándome la camisa, me quedé contemplando la sede del sindicato. El contraste con el resto de la plaza es grande, ya que tiene algo de soviético que me llamó poderosamente la atención. Tanto como lo habría hecho ver un Túpolev sobrevolando las torres KIO.

Los arquitectos, Antonio Vallejo Acevedo y Santiago de la Fuente, proyectaron este edificio brutalista para el Sindicato Vertical a principios de los 70. Vallejo lo quiso de hormigón porque vio al resto de edificios de la avenida muy sucios, y su idea era «que fuera sucio siendo limpio». Y así está, tan sucio o limpio como cuando se construyó.

La estructura se terminó en 1977, en plena Transición. Al Sindicato Vertical le duró la sede unos meses, ya que al poco tiempo comenzó su disolución y el edificio pasó a las manos de Aviación Civil. Más tarde, en 1988, se produjo la paulatina llegada de UGT.

Fueron un par de años complicados en el edificio, en el que compartían sede dos grandes organizaciones. Todo empezó por la devolución de bienes a los sindicatos de la República, que lo habían perdido todo con el comienzo de la dictadura. En 1990 ya quedó solo para UGT, y comenzaron a cambiar algunas cosas de la estructura del edificio.

Todavía con el leve dolor del pinchazo subí con Manuel Fernández-Braso a la última planta. Allí, donde se encargan de la salud laboral –y de la prevención–, comencé a sentir un leve mareo fruto de la vacuna, casi como si fuera lógico que me diera un vahído justo en aquella planta. Braso, de pelo canoso y mirada entrañable, me llevó por los pasillos del brazo, como si hubiera notado que estaba a punto de desfallecer.

Cada planta pertenece a una federación de UGT. Se entienden por separado y a su manera con la administración. «Es como una comunidad de vecinos», dice María Guerrero, la responsable del edificio. Mientras me lo contaba me senté en el mismo sofá por el que dice que han pasado líderes políticos de todo el mundo, en unas salas que fueron construidas desde los 90.

El armatoste de hormigón que vemos por fuera no es nada comparado con lo que son los cimientos. Según lo que cuentan María y Vallejo, en éstos hay más hormigón que en la estructura que sobresale. Por su parte, la entrada no es lo que fue antaño. Tiene un atrio con una celosía que cubre el techo de la planta baja y antes podía verse desde fuera. Pero de eso ya no queda mucho; cuando se construyeron las salas para recibir políticos y periodistas se taparon las ventanas.

Pero bajo el edificio hay una curiosidad que destaca sobre las demás. María dice que existen unos túneles tapiados que parten de los sótanos y conectan con otras partes de Madrid, como el intercambiador. Puede que sea un mito, porque según Vallejo: «Es algo imposible, y cuando se construyó no existía nada».

Seguí dando un corto paseo por el edificio con el doctor Braso, al que todo el que veía le decía: «¿Has bajado ya a ponerte la antigripal?». Yo sonreía dudando de si advertirles que igual sería mejor idea salir corriendo, dejando a la pobre enfermera con la aguja en la mano. Pero Braso está allí para eso y yo fui a hacer cualquier cosa con tal de sacar un reportaje.

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Texto por: Álvaro Bermúdez Caballero

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