Una vida bailando entre Gran Canaria, «Fama» y Quintana


Javy Martín fue uno de los concursantes de la primera edición de «Fama, ¡a bailar!» Su vida ahora está en Madrid, donde imparte clases en su propia academia
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Grupo de moderno de la Escuela de Danza Javy Martín

Entró en «Fama, ¡a bailar!» sabiendo que no iba a ganar, pero le debe al programa gran parte de su carrera profesional. Durante años vivió entre giras, bolos y promociones por toda España. Cansado de que le dijesen cómo dar clase, decidió abrir hace dos años su propia escuela de danza en el barrio de Quintana.

«Empecé a bailar cuando era muy pequeño, con tan solo 8 años, en grupos de baile que no eran profesionales en mi tierra, Gran Canaria. Tuve la suerte de contar siempre con el apoyo de mis padres. Pese a no haber pasado hace mucho tiempo, no estaba bien visto en esa generación que un chico bailara. Para mí, todo este mundo empezó como un hobby, jamás lo vi como algo profesional.

Con el tiempo, mis gustos cambiaron. Comencé a bailar en academias más profesionales, a participar en festivales y concursos, donde iba haciendo contactos para el futuro. Al ser el único chico que bailaba, las escuelas de ballet discutían entre ellas por querer tenerme entre sus alumnos. Durante todo ese tiempo conseguí numerosos premios que guardo como los tesoros más preciados.

Tenía clarísimo que mi vida era ser artista, bailar, interpretar. Con todo lo que había cosechado, mis padres vieron que valía para ello, veían progresos en mí. Los esfuerzos desde pequeño habían merecido la pena. Terminé mis estudios en el instituto, pero yo sabía que no quería estudiar una carrera. No quería ser psicólogo o dentista, sino artista. A partir de ahí, tuve la suerte de formarme con los mejores profesores que había en las islas.

Conseguí muchas cosas siendo joven pero quería más. Por eso me vine a Madrid, para buscar nuevas metas y objetivos. Antes de entrar en el concurso, me dediqué a hacer castings, a formarme en talleres de danza y a conocer gente, toda la que pudiese. Pero un día todo cambió cuando llamé para participar en «Fama, ¡a bailar!», un nuevo programa que anunciaban por televisión en el que la novedad era que todos los concursantes eran bailarines.

Tenía la certeza de que iba a entrar en ese programa. Lo sabía. Necesitaba esa oportunidad. ¡Eso era para mí! Me citaron en un hotel para hacer la prueba. Jamás se me va a olvidar aquella cola inmensa con miles de personas. Veía como una suerte entrar, como encontrar una aguja en un pajar.

Número 25, ese fue el que me tocó. Desde entonces, no ha dejado de darme suerte. Fueron casi dos meses de pruebas. Entrevistas por teléfono, coreografías entre quince, ocho y cuatro personas hasta que, si pasaba, llegaba a la prueba final donde bailaba solo durante 30 segundos.

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Momento en el que Javy fue admitido en la escuela de «Fama, ¡a bailar!»

El último casting fue en un parque de Madrid, donde éramos 30 aspirantes a entrar. De ahí, la mitad entraría a la academia. Tenía los nervios a flor de piel. Fue una experiencia muy bonita pero no se pasa nada bien. Había muchas cámaras alrededor nuestra y los profesores que iban a participar en el concurso mirando atentamente.

Al no tener a mi familia aquí en Madrid, fue un poco agridulce el momento en el que me dijeron que sería uno de los concursantes que entraba en el concurso. Es demasiado frío decirle a tus padres por teléfono algo así. Además, nadie sabía que iba a ser aquello, ni la magnitud que iba a tener. Nadie esperaba un fenómeno así.

Entrar en la academia era un sueño hecho realidad. Una especie de «Gran Hermano» de baile. El éxito de «Fama, ¡a bailar!» no fue la novedad del formato. Fuimos nosotros, los concursantes. Éramos niños sanos, con la ilusión de conseguir un mismo sueño: luchar por seguir en el mundo de la danza.

Estar en esa casa era sentirme en las nubes. Me dieron la oportunidad de mostrarle al mundo que existo y eso para mí fue lo más importante, no hay dinero que pueda pagar eso. Eso lo agradeceré siempre.

Es cierto que todo no era color de rosas. Como en todos los programas de televisión, yo creo que había favoritismos. Incluso cuando firmé el contrato, antes de que todo empezara, ya sentía que tres o cuatro personas llegarían a la final del «talent show». Es como un libro que está escrito y tiene que ser así.

Me echaron del programa antes de que pudieran ponerme un apodo o un calificativo. Estuve un mes en la academia, aunque tuve la suerte de que me repescaran más tarde junto a algunos de mis compañeros.

El antes y el después de Javy Martín, cuando se cumplen 9 años del programa

Todo lo demás fue sobre ruedas. Tuvimos la suerte de trabajar mucho por toda España. Nunca pensé en el poder que tenía la televisión, que podrían conocerme en cualquier sitio. Hasta debajo de mi casa, que había un locutorio de chinos, me reconocían.

Cuando pasaron los primeros cuatro años, se fue relajando un poco todo. Y casi que lo necesitaba, necesitaba relax en mi vida y esa parte que el anonimato hace que te mezcles con la gente sin que te conozcan. Me siguen reconociendo pero desde otro punto de vista».

SU PROPIA ESCUELA DE DANZA

«Tras muchos años de locura y de ir de aquí para allá de una academia a otra», Javy buscaba estabilidad en su vida. La encontró en el barrio de Quintana, el destino o la casualidad le llevó a vivir a ese lugar, donde decidió abrir su propia escuela de danza. «He estado demasiado tiempo bajo las órdenes de otro. Por ello me replantee montar algo propio, rendirme cuentas a mí mismo».

El pasado mes de diciembre se cumplieron dos años de la apertura de la escuela, habiendo pasado más de 400 alumnos por allí. «Decidí empezar por un estudio por no querer abarcar mucho. Prefiero dar pasos pequeños, aunque para mí sepan a gigantes».

Muchos de los alumnos actuales llevan con Javy más de 5 años. «Empecé a dar clases en Moratalaz, pero me vine con él a este barrio porque quería seguir aprendiendo con él», afirma Carla Fernández, una chica de 11 años que lleva más de media vida bailando.

Reconoce que «Fama, ¡a bailar!» le ha abierto muchas puertas y que es un ventaja para darse a conocer entre la gente. «Haber participado en el programa es una buena carta de presentación, pero sé de muchos compañeros que han tenido que cerrar sus negocios por no tener alumnos suficientes», declara Martín.

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Javy Martín durante una de las clases en su escuela

Otra de sus alumnas, Milene Santiago de Souza, reconoce que «al ver que el profesor de la escuela era concursante de Fama, supe que me tenía que apuntar aquí sí o sí».

Han pasado 9 años desde que el programa arrancase en televisión a la hora de la sobremesa. Ya sea por voluntad propia o aconsejados por sus madres, cada vez son más los niños que acuden a Javy Martín para aprender a bailar. «Ser concursante de «Fama, ¡a bailar!» es algo que atrae, pero con eso no se enseña. Quiero pensar que tengo algo especial con lo que atraigo a los niños, porque los adoro».

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Texto por: Alejandra González

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