Madrilánea

La Colonia de San Vicente: una «Pequeña América» de soldados en tiempos de Franco

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Numerosos militares estadounidenses destinados en la Base Aérea de Torrejón se instalaron con sus familias en esta zona residencial durante la década de los 60 y 70. Los españoles que vivieron con ellos reconstruyen aquellos años

Vista aérea de la Colonia San Vicente, a mediados del siglo pasado. Foto: Comunidad de Madrid

Vista aérea de la Colonia de San Vicente, a mediados del siglo pasado. Foto: Comunidad de Madrid

La Colonia de Hotelitos de San Vicente, en Ciudad Lineal (Madrid), confina una suerte de oasis urbanístico cuya estética contrasta con el mar de ladrillo y cemento que inunda el distrito en el que se encuentra. Compuesta por viviendas unifamiliares de dos o tres plantas, su arquitectura sencilla y campestre recuerda más a las áreas residenciales o a las zonas rurales que a una gran urbe de imponentes edificios como es la capital española.

No en vano, así fue hasta hace alrededor de medio siglo, cuando la colonia no era más que una típica ciudad jardín rodeada de campo a las afueras. Levantada por el Ministerio de Vivienda de Franco a finales de los 50, este acogedor barrio ideado para familias de clase media se mantuvo apartado de la civilización hasta que la imparable expansión de Madrid llegó a sus calles. Su historia terminaría ahí, si no fuera por un pequeño detalle que pocos madrileños, aparte de los propios vecinos, conocen: en ella se asentó una parte considerable del destacamento norteamericano que, entre 1953 y 1992, operó en la Base Aérea de Torrejón de Ardoz tras los pactos de cooperación firmados entre el dictador y Estados Unidos.

Fernando Caballero ronda los 65 años, pero aparenta unos cuantos menos. Enfundado en una camisa azul de flores, este logroñés de nacimiento asegura en la pequeña sede de la Asociación de Vecinos Los Hotelitos – Colonia de San Vicente, de la que es presidente, que él es uno de los pocos que quedan (unos trece, especifica) en el barrio que vivió aquello. Llegó a la colonia en 1962, siendo un niño, y recuerda que ya entonces había numerosas familias instaladas. «Fue una época realmente bonita, guardo muy buenas memorias», cuenta. Junto a otros vecinos españoles de su edad, Caballero forjó a lo largo de su infancia y, sobre todo, su adolescencia, una estrecha relación con algunos de ellos. «Todos eran mayores que nosotros, pero eso no impidió nos lleváramos bien con ellos y hasta llegáramos a tener amistad con unos cuantos», evoca.

Fernando Caballero, presidente de la Asociación de Vecinos Hotelitos–Colonia San Vicente, delante de su casa de la calle Forment. Foto: M. Ruiz de Arcaute

Fernando Caballero, presidente de la Asociación de Vecinos Los Hotelitos – Colonia de San Vicente, posa delante de su casa, en la calle Forment. Foto: M. Ruiz de Arcaute

Aunque la memoria le falla por momentos –han pasado 50 años desde entonces–, recuerda con bastante claridad los datos clave para recrear una imagen del barrio entonces. Eran unas 70 familias en total (otros de los entrevistados para este reportaje hablan de 70 individuos solamente), en su mayoría matrimonios jóvenes de entre 30 y 40 años con hijos. Los hombres ostentaban, por lo general, los grados de sargento y brigada, es decir, contaban con rango de suboficiales. Se instalaron allí en régimen de alquiler porque, para lo que su sueldo les permitía, la colonia era lo más parecido que había entonces a las típicas casas americanas con jardín. Además, les resultaba muy cómodo por la cercanía de la base, a la que llegaban en poco tiempo a través de la carretera de Barcelona. Carretera que, por cierto, no tardó en alojar un típico autocine al que acudían tanto estadounidenses como españoles.

Placa que acredita la autoría del proyecto atornillada en la fachada una de las casas. Foto: Acacia Núñez

Placa del Ministerio de Vivienda que acredita la autoría del proyecto, en la fachada una de las casas. Foto: Acacia Núñez

«Vivían aquí por la misma razón por la que sus superiores lo hacían en El Encinar de los Reyes: nivel adquisitivo», sintetiza Caballero. Bajista de profesión, su indumentaria –tejanos, pendientes de oro, anillos, gafas de cristal redondo estilo Lennon– evoca, de alguna forma, el movimiento contracultural de los años 60 y 70, quién sabe si como una inconsciente reminiscencia del pasado. De lo que sí tiene la certeza es de que, afortunadamente, creció rodeado de «buena» música americana y no «la mierda, con perdón, que se hacía entonces aquí». Eran los años de Chuck Berry, de Frankie Avalon, de Elvis… Y el rock and roll sonaba en la Colonia de San Vicente de la mano de sus propios compatriotas. Gracias a sus vecinos, Caballero, que hoy tiene su propia banda de blues, pudo introducirse en el mundo de la música y desarrollar una melomanía determinante en el camino que acabó tomando su vida. «Algunos nos dejaban sus garajes y allí ensayaba con el grupo que tenía entonces. Era genial», cuenta.

Relación vecinal

Aunque por lo general las familias tendían a relacionarse entre ellas, de vez en cuando algunas se juntaban con los jóvenes –especialmente con Caballero– y organizaban pequeños «guateques» con música y comida los fines de semana, salían a tomar algo o incluso iban a la piscina en verano. «Nos acordamos sobre todo de Wally, un señor de unos 50 años que vivía solo y que, como quería compañía, nos solía invitar a su casa a merendar, pues sabía que a nosotros nos encantaba ir. Con las mejores intenciones, claro», explican las hermanas Mercedes y Raquel Alonso, hoy jubiladas.

Folleto de publicidad de 1956 de la Colonia San Vicente.

Folleto promocional de la Colonia de San Vicente (1956)

Tanto Caballero como ellas aprendieron inglés en el colegio y con profesores particulares, por lo que la comunicación con sus exóticos vecinos se volvió más y más fluida conforme fueron mejorando su conocimiento del idioma. Por el contrario, si bien el castellano de ellos no pasaba del nivel más elemental, los estadounidenses estaban encantados en España. «La comida, el clima, la gente… Parecen tópicos, pero eso era lo que les enamoraba del país», detalla el músico.

En algunos casos, las relaciones llegaron a ser insospechadamente más estrechas de lo imaginado. «De aquí salieron muchas parejas de americanos y españolas», revela Mercedes Alonso, quien además trabajó como secretaria en la base dos años. Su otra hermana, sin ir más lejos, se amancebó con uno de los militares, el sargento James Wood –de quien Caballero conserva una camisa con su nombre grabado–, y acabó casándose con él en EE.UU. una vez concluyó su servicio en España. Ella murió, pero ambas hermanas siguen manteniendo contacto con su cuñado, que ahora ronda los 80 años.

La base, un «mundo aparte»

Casa de Acacia Núñez en la calle Forment, donde lleva viviendo desde 1965. Foto: M. Ruiz de Arcaute

Casa de Acacia Núñez en la calle Forment, donde lleva viviendo desde 1965. Foto: M. Ruiz de Arcaute

De todo lo que representaba para los jóvenes el estilo de vida de sus vecinos, lo que más les fascinaba eran los productos que compraban y traían de la base. Allí podían abastecerse de todo tipo de cosas comunes en EE.UU. pero inaccesibles en una autocracia como la española. «Aparecían con cubos enormes de palomitas, helados, chocolate, tenían televisiones a color y electrodomésticos inimaginables aquí… Nosotras alucinábamos, nos parecía el no va más», relata Mercedes. «En la propia base había una mini-ciudad en la que tenían de todo: discoteca, bares, restaurantes, biblioteca, gimnasio, tiendas, economato… No tenían que ir a ningún otro sitio para nada», añade su hermana, Raquel Alonso. Poblada de coches Chevrolet, fiestas en las casas los sábados y barbacoas veraniegas en los jardines –además de whiskerías y prostíbulos orientados a los solteros que llegaban–, la colonia era entonces una suerte de «Little America» a la española.

Las familias estadounidenses se fueron marchando de San Vicente a partir de la década de los 70, cuando se edificaron bloques de pisos en las cercanías de la propia base. No obstante, su huella quedó impregnada para siempre en la historia del barrio. «Hubo muchos que se fueron y vinieron y que, aparte de su amistad, nos dejaron cosas que no querían llevarse de vuelta, como una bici que frenaba al pedalear hacia atrás o una tabla de planchar», rememora Nuria Yerro, que apenas tenía unos años entonces. «Creo que la vida con ellos nos marcó de alguna forma. Eran gente muy abierta, y puede que eso me influyera», reflexiona, por su parte, Acacia Núñez, vecina  –junto a Yerro y  Caballero– de la calle Forment, una de las varias vías que hace 45 años conformó lo que entonces se conocía en Madrid como «la colonia de los americanos».

Vista general de la calle Forment, en cuyas casas se alojaron los militares con sus familias a lo largo de los años 60 y 70. Foto: M. Ruiz de Arcaute

Vista general de la calle Forment, en cuyas casas se alojaron los militares con sus familias a lo largo de los años 60 y 70. Foto: M. Ruiz de Arcaute

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