Madrilánea

«Cuando eres huérfano, no vas a los servicios sociales a que te ayuden, sino a que te juzguen»

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Pablo relata en primera persona su experiencia con los servicios sociales tras quedarse sin padre y madre con 14 años.

Autores: Juan López Fernández-Sordo y Beatriz Lozano López de Echazarreta

Pablo se quedó huérfano a los 14 años. Su madre murió de cáncer en el 2008. Su padre había fallecido tan sólo cuatro años antes. De la noche a la mañana, él y su hermana -que acababa de alcanzar la mayoría de edad- se quedaron solos en un piso de Usera. Su padre había estado casado anteriormente. Fruto de ese matrimonio, Pablo tenía una medio hermana de 27 años. Al principio, ella quiso su custodia por voluntad propia, pero nunca llegó a asumirla. Estuvo más de un año sin saber cuál sería su destino: quedarse con su hermana, con algún otro familiar o terminar en un centro de acogida.

«Cuando tu vida te importa una mierda piensas: “mandadme allí y a tomar por culo, ya me muero o lo que tenga que pasar”. Lo peor es no saber qué vas a hacer». Pablo matiza que: «La imposibilidad de tener una idea de futuro a más de una semana vista hace que no te importe tu vida, puesto que no puedes proyectar nada», insiste en que la falta de acción por parte de los servicios sociales provocó que él y su hermana tuvieran dificultades y explica que, en esas circunstancias extremas, el centro de acogida era «casi mejor para sobrevivir».

Pablo, durante la entrevista (Foto: Beatriz Lozano)

Un año antes de morir, la madre de Pablo se quedó ciega de un ojo mientras cocinaba. Los médicos, al principio, creían que era un ataque de ansiedad. Unos meses más tarde, cinco tumores en la cabeza acabaron con su vida. Ella, en su testamento, manifestó la voluntad de que sus hijos estuvieran juntos. Los servicios sociales creían que la hermana de Pablo no era la mejor opción para un niño de 14 años. Sin embargo, no le daban ninguna otra alternativa. Pablo, al recordar esa época, relata que les «iba cada vez peor» y que las instituciones públicas «no tomaban ninguna decisión». Vivió durante más de un año en un vacío legal. Explica que su situación empeoró debido a que no recibieron ningún apoyo «real»: ni psicológico, ni económico, ni personal. «Mi hermana no podía encontrar trabajo y yo no tenía edad para trabajar legalmente», apunta.

Pablo junto a sus padres y su hermana (Foto familiar)

Los compañeros de instituto de Pablo no sabían nada: «esa gente tenía mi edad, no eran conscientes de lo que es eso. No me daba por contarlo». Sacó el curso adelante, aunque fuera de las aulas la situación era distinta: «Mi casa, cuando teníamos enganchada la luz, era la casa de las fiestas. Una casa sin padres, una casa donde podías hacer lo que te diera la gana, como pensaría cualquier adolescente». Pablo relata que en esas noches podían tener lugar peleas o incluso visitas de la policía en las que él se escondía. No obstante, al echar la vista atrás, asegura que lo que le afectaba realmente era «no tener luz o agua caliente. En definitiva: ser pobre».

Antes de la situación con los servicios sociales, Pablo «nunca había probado el alcohol», «ni siquiera se había fumado un cigarro». Comenta que, en sus primeras entrevistas, le sorprendió que le hicieran preguntas relacionadas con el consumo de alcohol y estupefacientes. Sin embargo, la situación fue degenerando y volviéndose cada vez más «frustrante» y complicada para los hermanos. Se tuvieron que acostumbrar, a marchas forzadas, a todo aquello.

Tras varios meses de desamparo, las condiciones extremas en las que vivían, les transformaron por completo. Cuando su hermana sufría un ataque de ansiedad, no se ponía nervioso: «Le daba una bolsa de plástico como quien le daba un cigarro».  Ella intentó suicidarse tomando pastillas. Al verla, llamó a un amigo, la cogieron en brazos y la llevaron a la cama. «Para mí esto era tan normal que hicimos una fiesta, empezamos a beber y estuvimos toda la noche gastando bromas telefónicas», afirma Pablo. Tras treinta horas durmiendo, su hermana se levantó algo mareada. La relación entre ambos se basaba en un equilibrio: «Si alguno perdía un poco los papeles, estaba el otro. Nos sosteníamos por etapas».

Pablo «No tenía empatía con la gente» (Foto: Beatriz Lozano)

Pablo reconoce que, por aquel entonces,  se convirtió en una persona «muy agresiva», que «no tenía empatía con la gente».  Al recordar su vida en aquellos años, explica que tuvo lugar en su carácter una «evolución muy compleja» favorecida por un contexto muy específico: «En un barrio como Usera, es bastante normal entre chavales llevar navaja para defenderse». En momentos de impotencia y desesperación, «la violencia es una manera de sentirte vivo. No es una cosa que eliges: te toca». Al compararse con la persona que era antes de la muerte de sus padres, concluye que «no le dio por ser violento sin más».

Pablo cuando era adolescente. Se tiñó el pelo de rojo y en el CAI se pensaban que se había metido en una banda (Foto familiar)

Los obstáculos de un huérfano

La madre de Pablo, en sus últimas voluntades, designó a su hija como tutora del menor. La mayor de los hermanos no pudo superar sus estudios tras la muerte de su madre. Pablo tuvo dificultades para acceder al material escolar, pero para su hermana fue imposible. Tampoco conseguía trabajo: «Nos pilló justo el comienzo de la crisis», explica.

Esas últimas voluntades no fueron vinculantes, ya que el Instituto Madrileño del Menor y la Familia, encargado de asignar la tutela de Pablo, no consideró que con su hermana quedase garantizado el interés de un menor en situación de desamparo.

Pablo con su hermana mayor. (Foto familiar)

Pablo acudía semanalmente a un Centro de Atención para la Infancia (CAI). Estos centros, en su página web, se definen como «los servicios de atención social especializada de la red municipal de protección a menores en la ciudad de Madrid». Su misión consiste en detectar situaciones de posible desamparo de los menores, para ofrecerles su apoyo y atención especializada. Su equipo de profesionales lo integran psicólogos y educadores.

La hermana de Pablo también asistía periódicamente a sesiones en el centro. Según las atribuciones de los CAI, estas sesiones le ayudarían a hacerse cargo de su hermano menor. Él mantiene que «nadie ayudó» a su hermana en la búsqueda de un trabajo y que la asistencia psicológica no fue efectiva. En este sentido, afirma que le llegaron a decir que su hermana le «contaminaba». Además, añade que al acudir a un psicólogo público «todos los informes circulan en tu contra».

Dilatación de los plazos

El vacío legal en el que vivió Pablo se prolongó durante más de un año. Durante ese período, las personas que le trataron mantuvieron posiciones contradictorias en lo que a su tutela se refería. Como él mismo asegura «ellos cambiaban su discurso todo el rato. Un día te pintaban bien Hortaleza, al día siguiente te metían miedo». La incertidumbre provocó que, a pesar de querer quedarse con su hermana, aceptara cualquier solución: «Yo no es que quisiera ir a un centro. Yo quería que decidieran algo ya».

Legalmente no existe un plazo mínimo en el que se deban resolver estas situaciones. Ni en la Ley 6/1995 de Garantías de los Derechos de la Infancia y la Adolescencia, ni en el Decreto 121/1988, regulador del procedimiento de constitución y ejercicio de Tutela y Guarda del menor.

Pablo, en la actualidad, durante la entrevista (Foto: Beatriz Lozano)

Pablo tampoco guarda buen recuerdo del trato con los profesionales del CAI: «Tú eres la persona que se ha quedado huérfana y no estás yendo allí a que te ayuden sino a que te juzguen». Le sometían a interrogatorios sobre su consumo de drogas o de alcohol, le increpaban que no llevara la ropa bien planchada. Cuando se tiñó el pelo de rojo, se pensaron que estaba metido en una banda.

En Gran Vía 14, sede del Instituto Madrileño del Menor y la Familia, concluía el proceso: «Allí es donde la bola llega al final. Hay que colocarla en algún sitio y tú puedes llorar lo que quieras. Han desarrollado una inmunidad burocrática increíble. Parece que piensan: “Aquí viene la gente a llorar y yo los administro”» explica Pablo.

Al final, le otorgaron la custodia a Jorge, la última pareja de su madre. Pablo recuerda que en el CAI le dijeron: «Cómo se nota que ya vives con tu padrastro, porque llevas la ropa planchada».

Una asistencia jurídica inexistente

Al principio, la medio hermana de Pablo, por voluntad propia, manifestó la intención de asumir su tutela. Sin embargo, el día que tenía que firmar no acudió. Aunque, como él mismo relata, ya lo sospechaban: «En una ocasión, nos invitó a un restaurante muy caro. Nosotros no teníamos luz, y nos dijo que un día podíamos ir a ducharnos a su casa».

En 2010, Pablo contactó a su medio hermana por Facebook: «No le recriminé nada, pero le pedí explicaciones de por qué se había ido de un día para otro». La respuesta fue evasiva y terminó por bloquearle en esta red social.

El Centro de Atención a la Infancia de Usera, donde acudía Pablo semanalmente (Foto: Beatriz Lozano)

En el artículo 143 del Código Civil se establece la obligación de dar alimentos entre los hermanos. En el caso de que Pablo hubiese recibido asistencia jurídica en el CAI, se le podría haber informado de la existencia de este derecho. Sin embargo, debido a la ausencia de un especialista en cuestiones jurídicas, por desconocimiento, Pablo no pudo reclamar a su medio hermana lo necesario para subsistir.

Por otra parte, es paradójico que la primera mujer de su padre, aún a día de hoy, mantenga una pensión de viudedad que le permite vivir.

«Sobreviví porque tenía una casa»

Tras mucho insistir, Pablo consiguió que le permitieran trasladarse de su instituto al de Arroyomolinos. Allí, logró superar el Bachillerato con Matrícula de Honor. La reacción del CAI, según asegura, fue la de atribuirse su éxito académico: «Me decían “¿ves como al final todo ha salido bien? Había que tener paciencia”».

Pablo es consciente de que, a pesar de todo, ha tenido suerte. No le gusta la etiqueta de «víctima» y tampoco busca ser «ejemplo de nada». Afirma, de manera tajante, que salió adelante gracias a que «tenía una casa en herencia».

Finalmente, se graduó en Filosofía y en Dirección de Cine. En mayo de este año publicó su primer poemario: Entropía. Espera grabar pronto su primera película. Mientras tanto trabaja, pero sobre todo, vive, que para él consiste en «comer, dormir, estar con los que quieres y hacer lo que te gusta, si puedes».

Pablo, en la actualidad, frente al CAI de Usera (Foto: Beatriz Lozano)

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