Madrilánea

Un hijo deportista: de tocar el cielo a bajar a los infiernos

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Las historias de los «números uno» copan portadas y abren telediarios; todos reconocen los grandes sacrificios que exigen los metales dorados de las medallas. Sin embargo, pocas veces se habla de los que se pierden por el camino. Y menos de cómo lo viven sus padres.

Piscina abandonada

Gonzalo tenía once años cuando se le acercó el profesor de educación física. Le ofreció participar, durante el fin de semana, en una competición de natación, ya que uno de los integrantes del equipo había enfermado. Él no había nadado nunca, pero, para su edad, era grande y fuerte, por lo que no era descabellado pensar que podía hacerlo bien. Pero nadie esperaba que tanto: arrasó. Se enfrentó a chicos que llevaban tiempo entrenando, y les sacó varias brazadas de distancia. Alcanzó el primer puesto.

Su actuación provocó que el profesor, que también era el entrenador del equipo, hablase con sus padres para que le inscribieran en el Club Natación Majadahonda. Empezó a entrenar en octubre. Cada mes tenían competición, donde iban acumulando marcas para llegar al mínimo que les clasificase para el Campeonato de España. En noviembre, en su debut, al no tener marca anterior, salió en la peor serie. Y volvió a arrasar. «Sacó una piscina al segundo», relata su padre, Fernando.

La segunda prueba la disputó en enero, donde ya alcanzó el tiempo mínimo para el Campeonato de España. En abril, la mejor marca nacional de la temporada. En julio, apenas ocho meses después de haber comenzado a entrenar, se convirtió en el campeón de España de su categoría, tanto en 100 m libres como en 200 m. Su padre narra que los rivales se preguntaban «pero, ¿quién es ese chico?». Era Gonzalo, «el chico de moda».

Fernando explica que su hijo «tenía unas dotes brutales para este deporte». A su evidente poderío físico se le añadía «una gran fortaleza mental, un carácter supercompetitivo, frío y sin nervios». En la final de los 100 m libres, por ejemplo, su marca se registró en 56,55 segundos, mientras los tres siguientes se fueron hasta los 58-59. Había nacido para esto.

Al año siguiente, en el 2016 y de nuevo en el Campeonato de España, se subió a lo más alto del podio en los 100 m libres, pero esta vez, batiendo el récord de España de todos los tiempos en su categoría: 53,9 segundos.

Entre medias, Gonzalo iba ganando casi todas las competiciones a las que se presentaba. Fue trece veces campeón de la Comunidad de Madrid en distintas categorías. En 2017, compitió en los 400 m libres y volvió a endorsarse el Campeonato de España. Ya podía, por edad, empezar a competir en el extranjero, y se hablaba de que podía entrar en el plan 2020 con vistas a los Juegos Olímpicos de Tokio.

En octubre de ese año, apenas empezado el curso escolar, Fernando recibió una llamada de la madre de Gonzalo en la que le dijo que el chico no quería volver a nadar. «Llegó una mañana y dijo “lo dejo”, se vistió y se fue». Que abandonaba la natación. Que no daba una brazada más.

«La historia de un fracaso»

El porqué de esta decisión se remonta al verano de 2016. Después de ganar el Campeonato de España, le ofrecen ingresar en el Centro de Tecnificación, situado en las piscinas del Mundial 86, en la madrileña calle de O’Donell. Allí, Gonzalo entrenaba y mejoraba su rendimiento mientras continuaba con sus estudios escolares.

En el centro pasó un año entero, en el que tenía que levantarse a las 5.45 de la mañana para poder entrenar tres horas en la piscina antes de las clases, y después volver a echarse al agua por la tarde, a veces hasta cuatro horas más. «Llegaba a casa a las 21.00, cenaba y se ponía con los deberes: no veía la tele», relata Fernando. Este horario lo mantenía de lunes a sábado, con la excepción del domingo que se llegaba a levantar a las 16.00, del cansancio acumulado durante la semana. «Los de natación, cuando algún profesor se ausentaba, se tiraban al suelo a dormir durante esa hora libre», dice su padre, que sí que notó que Gonzalo «estaba más callado» mientras estuvo en el centro, aunque lo atribuía a su carácter.

No solo era cansancio físico, había algo más: «Dejó la natación preso de una depresión brutal». En el centro, en nómina, hay dos fisios, un médico y tres psicólogos, pero no fueron capaces de detectarlo. Fernando denuncia que «no se dieron cuenta de nada», y no le vale la excusa de que «Gonzalo es un chico complicado de conocer».

«Esta es la historia de un fracaso», se lamenta Fernando. Pero no de Gonzalo: «De todos: mío como padre, de sus entrenadores, de los psicólogos…». Él se pone el primero: «tenía que haberlo visto venir». Sin embargo, en su opinión, el centro tampoco había cumplido. Denuncia, por ejemplo, que el plan de entrenamientos no se adaptaba a las necesidades de cada deportista. Había días en que Gonzalo llegaba a hacer 16.000 metros nadando, algo innecesario para un velocista. Este sobreesfuerzo le causó tener el hematocrito altísimo —el volumen de glóbulos rojos en sangre, o sea, la cantidad de oxígeno en sangre— hasta años después de dejar la natación.

La natación es un deporte en el que estás muy solo: hasta tus compañeros de equipo son luego tus rivales

Otro de los disgustos que le causó el centro tuvo que ver con la escolarización. Fernando les pidió que Gonzalo pudiera continuar sus estudios allí hasta que acabase el curso o encontrase otro instituto. Sin embargo, se lo negaron: «Si no nada, se tiene que ir». Se lamenta que esto sea así, ya que su hijo también padecía una lesión, aunque sea psicológica, y no le ofrecían ninguna alternativa.

Al final, consiguieron que les aceptase el instituto de Majadahonda, gracias a la mediación del alcalde de la localidad, que conocía al chico debido a sus éxitos deportivos. A Fernando le sentó muy mal que no le dejasen acabar el curso y que se desentendieran del porvenir de un chico que había sido campeón de España.

Cuando dejó la natación, Fernando le animó a invitar a sus compañeros a casa. Él lo hizo, pero a ninguno le dejaron ir: los padres tenían miedo de que el virus «lo-quiero-dejar» se les pegara. Aún así mantuvo el contacto con algunos. Sin embargo, tuvo que cambiar de entorno y de amistades. Fernando también, ya que se pasaba los fines de semana rodeado de gente en las piscinas, en las que era conocido como «el padre de Gon».

Los siguientes años no fueron buenos para Gonzalo. Repitió dos cursos seguidos y acabó decantándose por realizar un módulo de formación profesional en educación física. Estuvo dos años acudiendo a una psicóloga para ayudarle, aunque ésta acabó rindiéndose.

Ser tan bueno le pasó factura

«Estaba sometido a una presión tremenda para un chaval de 14 años», puntualiza su padre. «Era tan bueno, y se veía con la necesidad de ganar siempre, que no se atrevió a cuestionarse nada». Fernando cree que puso tanta voluntad —la piscina, los sacrificios, los estudios— que ahora se «ha agotado» y ya no tiene «capacidad de esfuerzo, ni amor propio, ni competitividad».

Para Fernando, el tiempo en el que competía Gonzalo fue «como una película que me había encantado, pero que no quiero volver a ver»

Para Fernando, el problema es que se lo guarda todo para sí: «Ojalá hubiese explotado contra mí, que me hubiese pegado cuarenta voces y me hubiese dicho que soy un cabrón. Ojalá. Firmo». Su hijo describió ese proceso como si se encontrase en un túnel, en el que necesitaba que le acompañasen en ese camino oscuro, no que le ayudasen a salir. Fernando opina que esa es la clave del asunto.

«A mi hijo no le veo feliz»

Cuando Gonzalo le dijo que quería dejarlo, le preguntó si era consciente de lo que renunciaba. Le contestó que «absolutamente», con una «frialdad, una claridad» inesperada en un chico de catorce años. Además, «puedes obligar a un niño que estudie, pero no a que haga deporte», reconoce.

Fernando confiesa que su hijo era su héroe. Recuerda los tiempos de la natación como «una película que me encantó y que ahora no quiero volver a ver». Confiesa que se ha pasado el último año y medio llorando, pero no porque dejara la natación, sino porque ahora no le ve bien: «Él ha dejado la natación, y a mi no me han devuelto a mi hijo».

Lo que más preocupa a Fernando es el futuro. «En la vida estamos para ser feliz: ni para ser ricos, ni para tener éxito profesional, ni para casarse con un “pibón”. Estamos para ser felices y a mi hijo no le veo feliz», lamenta. Confiesa haber pasado muchas noches desvelado, temeroso de que su hijo hiciera alguna tontería. «Y un padre no puede vivir en ese perfil», sentencia Fernando. Cree que su forma de ser ha quedado marcada para toda su vida. Ya no es competitivo, «no juega ni a las cartas».

«Cada vez que me muestra un poco de emoción por algo, me hace feliz. Esta mañana me dijo: “En cuanto cumpla 18, me saco el carnet”. Me ha alegrado el día, porque me ha mostrado interés por el futuro. Y eso es muy triste, el alimentarse con tan poco…».

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