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Cada día en un comedor social: la consecuencia de trabajar sin cotizar

Cola de personas en un comedor social de Madrid (Foto: Jaime García)

En la puerta del comedor social se respira un aire abatido y apesadumbrado. Personas que forman largas colas esperan su turno para recoger una bolsa de comida que les ayude a pasar el día. De repente, la llegada de una señora risueña y dicharachera rompe ese ambiente taciturno e irradia una alegría que hasta entonces no parecía tener cabida en este lugar. Lo primero que ha hecho al llegar, es saludar a todos los voluntarios de forma muy cariñosa, compartiendo miradas cómplices y conversaciones muy animadas y, parece ser que, divertidas. Tienen una clara confianza con ella y la tratan como si fuese la madre de cualquiera de ellos. El nombre de esta mujer es Carmina y todos los días se acerca a este comedor social para recoger su bolsa de comida.  

Carmina tiene 70 años y es natural de Salamanca. Define su situación actual de pobreza auténtica, originada por culpa de un accidente que tuvo en 2017 en el que acabó con la cadera rota y que le impidió seguir trabajando. «A partir del accidente, el médico me prohibió todos los esfuerzos, incluso hacer la compra», explica Carmina. Desde entonces, acude a este comedor social, en el que aparte de alimento, también le ofrecen ayuda para asearse, aunque ahora por la pandemia, no está disponible este servicio. «Me dijeron que tenía que tener un baño acondicionado para poder agarrarme y como no lo tengo, también me han ayudado con este tema», aclara.

Carmina en el comedor social al que acude diariamente (Foto: Sandra Palacios)

Trabajando desde los 15 años, tan solo le ha quedado una pensión que ronda los 500€. Este dinero le da para pagar el alquiler de un piso de reducidas dimensiones, la luz, el agua y la comunidad. «Creo que son unos 500€, es que ni lo miro porque es tan miseria… Pagando todo al final me queda nada. Yo como soy poco tragona, con lo que me dan aquí puedo comer y salir adelante», relata. A pesar de llevar trabajando toda la vida, en la mayoría de los empleos no le daban de alta y ahora sufre las consecuencias de esa precariedad laboral. Se sorprende al ser preguntada por la posibilidad de que desde las instituciones le hayan ofrecido algún tipo de ayuda: «A mí no. ¿Qué tipo de ayuda? Esa paga que el señor Iglesias tanto ha prometido a mí no me correspondería, porque si te pasas por 1€ ya no te la dan». «A personas que están pasando por la misma situación que yo se les puede ayudar siempre que haya voluntad de hacerlo. No porque este señor diga que le va a dar 400€ a todo el mundo ya se arregla. Para nada», sentencia.

La economía sumergida en España y su efecto en las pensiones

Peso sobre el PIB de la economía sumergida en España (%)

Fuente: Friedrich Schneider y Leandro Medina (FMI) (Gráfica: Archivo ABC)

La economía sumergida es un problema generalizado y normalizado en España, siendo el tercer país de la Unión Europea con más asalariados en «B». Según publicó ABC, Friedrich Schneider investigó este tema en uno de sus trabajos para el Fondo Monetario Europeo (FMI) y estableció que esta práctica fraudulenta en nuestro país se correspondía al 22,01% del PIB en 2015, solo superada por Grecia (26,45%) e Italia (22,97%). Como se puede observar en la gráfica de arriba, debido a la crisis de 2008 aumentó esta economía «B», y es que las crisis económicas traen consigo un incremento de la economía sumergida: menos dinero implica menos trabajadores dados de alta en la Seguridad Social. El hecho de trabajar sin cotizar genera un contratiempo a corto/medio plazo difícil de combatir: no tener derecho a ayudas estatales. A largo plazo, aunque en la mayoría de los casos nadie repare en ello por considerarse muy lejano, implica tener una jubilación marcada por la pobreza. En España, hay una tasa de riesgo de pobreza para jubilados mayores de 65 años del 12,7%, según Eurostat. 

Tasa de riesgo de pobreza para jubilados en España

(Gráfica: Eurostat)

¿Cómo le está afectando el coronavirus a Carmina?

En gran parte, Carmina considera que la pandemia no le está afectando mucho, pues es una persona que prefiere pasar tiempo en casa: leyendo, haciendo crucigramas o viendo debates en la tele. Sin embargo, siente que el país se va «a la ruina total» y eso le duele. Se muestra muy crítica con la clase política y estima que «estamos en manos de personas que lo que quieren es que estemos en estas colas porque así nos tienen oprimidos». No tiene acceso a mascarillas ni gel hidroalcohólico de forma gratuita, sino que se lo tiene que comprar ella misma con su dinero. «Dos veces me dieron mascarilla gratis: una vez que me enteré por televisión que las daba la señora Ayuso y luego, otro día, que fui a la farmacia a recoger mis medicinas y me dijo la señorita si quería una mascarilla», explica. A pesar de esto, no teme contagiarse: «La verdad que no, no tengo miedo. Si me pasa pues me pasa, como le puede suceder a cualquiera». Sin embargo, se muestra preocupada cuando tiene que ir al comedor social: «Sinceramente aquí sí tengo un poco de miedo, porque la gente no guarda mucho las distancias, se apelotonan. Aunque los voluntarios se lo dicen y se lo repiten mil veces, no hacen caso».

Carmina ve imposible cambiar la situación en la que se encuentra desde su accidente. Piensa que quizás, volviendo a su tierra, donde tiene a su familia, su vida mejoraría: «Supongo que no sería igual, pero, aunque me quiera marchar a mi tierra no puedo, porque aquí están mi nieta y mi hijo, que acaba echando mano de su madre. En 40 minutos estoy con ellos y si me voy a Salamanca, no es igual. Hasta que mi nieta no sea mayor, no me puedo mover de aquí y me veo aprisionada en un lugar que no me gusta». Antes de la pandemia, podía matar el tiempo dando paseos por el campo e, incluso, iba a los programas de televisión como público. «Me daban 8 o 9€, pero bienvenidos eran», comenta. Pero ahora mismo las limitaciones no se lo permiten.

«No te vayas a ir sin decirme nada», se escucha de repente en la sala. Una voluntaria llama la atención de Carmina y le dice que le ha guardado el pan que tanto le gusta. Ella se levanta y se pone a hablar con los demás allí presentes de forma muy animada. Le dan también unos botellines de agua de Peppa Pig y se emociona pensando en la ilusión que le hará a su nieta cuando le regale una de ellas. Se abrazan cariñosamente y, acto seguido, otra voluntaria comenta: «Van a pensar que estamos locos dándonos abrazos». A lo que Carmina le responde entre risas: «Pero si no estamos un poco locos, ¿cómo íbamos a aguantar todo esto?».

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