Dong

Reloj en espiral. Por Sfer

Por un momento, su mirada se clavó en aquel reloj de pared anclado en el salón. El péndulo agitaba sus inquietos pensamientos y el tic-tac descompasaba sus latidos.

La madrugada estaba a punto de llegar. El primer dong la asustó, y el recuerdo sacudió sus entrañas. Hacía un año Rebeca rezaba a gritos a Dios, pidiéndole desesperadamente que un milagro sucediese.

Tumbada en el sofá, se encontraba su pequeña Laura. Pálida como el papel, embadurnada en sudor y tiritando. El sonajero no calmaba su angustioso llanto. La soledad se recogía en aquél salón mientras que la zozobra de Rebeca crecía por segundos.

Sus dedos nerviosos marcaban el teléfono, quizá la posible salvación de su hija. Un tono, dos tonos. Con voz desasosegada pedía rápidamente que alguien la ayudara. Los segundos la parecían horas, y los minutos una eternidad. El tic-tac la desesperaba.

El cuerpo de esa intranquila criatura no descansaba. Sus pequeñas manecillas revolucionaban cualquier ley espacio temporal, y su llanto, su hondo llanto, pedía con desesperación su auxilio. Su inquietud se resbalaba entre los brazos de su madre.

La angustia de Rebeca se agolpaba en la ventana. Sus incesantes jadeos y suspiros de impaciencia llenaban de vaho el cristal del mirador de la vida. Con la cara cubierta de lágrimas rogaba al gran Salvador que no se llevase a su hija.

En ese momento escuchó a lo lejos la redención. La sirena de la ambulancia se acercaba a gran velocidad, pero los llantos de la pequeña habían menguado; había perdido tanta fuerza que sus latidos apenas se percibían y sus aspavientos habían quedado congelados.

Dong. El tiempo había pasado, el duro domingo había llegado. Rebeca, envuelta en lágrimas, recordaba con dolor el último minuto que tuvo entre sus brazos a su hija Laura. Ahora, la soledad de aquella casa se traducía en silencio. Sólo el movimiento del péndulo daba algo de vida a aquella tristeza.


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