A cinco euros el ramo

El puesto de flores. Captura de Google Maps

Un cubículo de cuatro metros cuadrados puede ser una selva. Puede esconder la rosa más azul y la palmera más verde. El cubo de O´Donnell tiene una inscripción: «Toldos Moratalaz», y un cartel hecho a mano pintado sobre cartón: “Gran oferta, ramo de rosas a cinco euros”. En la esquina de Narváez y mientras deshoja rosas blancas, Vicente asegura que nunca ha llevado flores a su casa–«En casa de herrero cuchillo de palo»– aunque no duda en afirmar que la margarita es su flor preferida. Le recuerda al campo.

Vicente es gitano, ronda los sesenta años y desde los doce tiene un puesto de flores en la esquina de O´Donnell con Narváez. Tiene una sonrisa permanente y esquiva las preguntas como puede, compara su trabajo con el de «el quiosquero de la otra esquina», como si ocultara algo. A medida que coge confianza, poco a poco, se va soltando, restando importancia al logro de llevar más de cuarenta años en la misma esquina. «No guardo todas las flores aquí porque algunas son muy delicadas y me las llevo a otro lado», afirma Vicente mientras sacude un ramo de rosas azulonas. Las coge por el tallo, las coloca boca abajo y deja que los pétalos sueltos caigan «así se quitan las hojas marchitas», explica el florista.

Al principio no tenía puesto: «Lo que está construido he tenido que pagarlo», dice con orgullo. Casi treinta años después sus flores ocupan un cuadrado perfecto en la acera. «Unas veces hay más flores y otras hay menos, depende del tiempo», aunque la distribución es siempre la misma. Primero las flores pequeñas en macetas, a su derecha esquejes de mimosa y a la izquierda arbustos. Detrás de las macetas empiezan los ramos, todos cuidadosamente protegidos por plásticos transparentes: los hay de claveles, nardos y variados. «Si usted me encarga un ramo, dígame sólo las flores que quiere y se lo hago», ofrece Vicente. En último plano, pero dispuestas sobre banquetas blancas de plástico, están los ramos de rosas (los que valen cinco euros). Azules, amarillas, naranjas, rojas, rosas, blancas… todos los colores posibles en rosas. Detrás de ellas está el puesto, donde cuelgan las hiedras enganchadas en las paredes.

Este florista lo sabe todo de su producto, por experiencia y porque se formó: «Yo tuve que estudiar para hacer esto, tenía que estar menos horas en el puesto para escaparme y formarme», dice con risa pero sin matizar en qué se formó. Es que a Vicente no le gusta dar detalles, tampoco mira mucho a los ojos y siempre justifica su trabajo con el puesto de periódicos de enfrente.

«El puesto siempre fue mío, casi he nacido aquí», reafirma Vicente mientras saluda a Antonio, un vecino. «Los vecinos me conocen como si fuera familia», afirma. Y agrega: «La gente que hay aquí son muy buena, yo gracias a Dios no he tenido ningún problema ni pienso tenerlo».

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