Estereotipos

nuevos pobres
La frontera entre pobres y ricos ha pasado a la historia

Nueve de la mañana. Empujones en la línea seis. Llega el metro y escasean los asientos vacíos. Me hago con uno y comienzo a leer. Pero un sonido me despega de las primeras líneas. Es una voz femenina y madura, sobria y castellana. Oírla me remite a la imagen de una mujer consistente, hecha a sí misma y cultivada. Esto último lo delata el timbre de sus palabras, que por un momento me recuerdan a una actriz de teatro.

Intrigada, levanto la vista. Frente a mí veo a una mujer pequeña, enjuta, de unos sesenta años –pelo canoso y rostro curtido- que no interrumpe sus palabras. Mi imaginación confirma su presagio, hasta que un recorrido discreto por su figura lo rechaza con violencia. Su falda raída, sus medias descoloridas y sus chanclas azules, acompañadas de un carrito destartalado, me dejan consternada.

Ahora escucho: «A ver, explícame, ¿cómo podemos vivir con trescientos euros?» Sin un ápice de violencia, la mujer formula ésta y otras preguntas al vagón. Preguntas retóricas que los viajeros responden con miradas de lástima.

«Las cosas nunca son lo que parecen», pienso mientras observo la escena. Y reflexiono sobre las escasas bondades de los estereotipos: ¿Aporta algo positivo a nuestra sociedad que un maestro, un médico o un policía deambulen por las calles en busca de alimento? ¿Y que tengamos una media de tres suicidios al día a causa de los desahucios? No lo creo, y sin embargo así es.

Los estereotipos de la miseria han muerto, mientras los de la usura cada vez están más vivos. Entonces me pregunto hasta dónde llegará esta locura lingüística que nos impide llamar a las cosas con su nombre. Pero la puerta se abre de nuevo y los empujones me obligan a pensar en como huir del tren.

Elena Jorreto

A punto de lanzarme a la incertidumbre laboral, disfruto escribiendo sobre la cultura y averiguando las causas de los problemas que nos rodean.

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