La humanidad de los números

Personas a la cola en la oficina nacional de empleo (INEM)
Personas a la cola en la oficina nacional de empleo (INEM). Foto: ABC

Hace un año tuve que apuntar mi nombre en una lista. Era una feria en el Palacio de Congresos organizada por una empresa de cursos de idiomas. No me quedó más remedio que acudir. Mi madre lo había oído en la radio y lo habían vendido como una feria de empleo. Mi situación no me permitía decirle que era una acción de marketing y que no iba. Había colas interminables ante los expositores. Cientos de personas con panfletos en las manos y bolsas de tela saturadas de opciones de futuro. Duré cinco minutos y me fui. Cogí el metro para volver a casa y, de pronto, me fijé en una chica. Estaba sentada. Todos los sitios a su alrededor estaban vacíos. La gente miraba de reojo pero nadie de frente. Y ella lloraba sin ocultarse. Tenía 30 años, de su nombre ya no me acuerdo. Había estudiado Derecho, estaba en paro, y ella también había estado en la feria. Vivía con sus padres y, al igual que yo, había acudido presionada por su madre. Pensaba que le serviría de algo. Pero no había tardado demasiado tiempo en ver que no había nada que pudiese hacer allí.

Hace un par de semanas, por casualidades de la vida, conocí a una de las responsables de esa campaña. Hablaba de los despidos de su empresa y de que a veces para presentar informes positivos, hay que saber vender las cosas. Aunque sean cogidas por los pelos. Su campaña del año anterior había sido un éxito y sus jefes estaban contentos. Mientras, yo sólo podía pensar en aquella chica que lloraba, en sus padres, en los míos, en las colas de gente con panfletos en la mano y en la lista interminable de nombres entre los que también figuraba el mío. Nos hemos acostumbrado a los nombres sin nombrar, al papel sin sentimientos, a las líneas de espacio en blanco. Más de cinco millones de parados frente a un último número: 4.979. Los que han salido en marzo. Hay que saber vender.

 

Isabel Miranda Pinillos

-¿Y tú por qué estás aquí? -le preguntaba Barlés, guasón, aquella noche en el vestíbulo del hotel Dunav de Vukovar. -Porque me gusta -respondía Gervasio humilde, en voz baja. (Territorio Comanche)

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