«Robin Hood»: un banquete de solidaridad


El Padre Ángel abre un nuevo modelo de restaurante en el que los sintecho pueden cenar gratis
Toledo, 16-07-2013. - La presidenta de Castilla-La Mancha, María Dolores Cospedal, recibe al Padre Ángel, presidente de la ONG Mensajeros de la Paz. (Foto: H. Fraile // JCCM)

El Padre Ángel, fundador del primer restaurante para sintecho en Madrid. Foto: Wikipedia

Es la primera vez en años que se sientan en torno a una mesa a comer. Coditos a la boloñesa para abrir el paladar, merluza a la vizcaína para deleitarlo y tarta de chocolate para rematar el festín. «¡Mira que barriguita cariño!». Para Ana y las otras veinte personas que como ella estrenaron el pasado martes el primer restaurante para los sintecho en Madrid, comer un plato caliente, de cuchillo y tenedor, es algo tan grato como excepcional.

En el número 7 de la calle Eguilaz se ha instalado una extensión de la Iglesia de San Antón, famosa por la labor que desde hace dos años desempeña cada día el Padre Ángel, presidente de «Mensajeros de la paz», repartiendo 200 desayunos y comidas a cualquiera que acuda buscando ayuda ahogado por la falta de recursos. Muy cerca de la glorieta de Bilbao, y tras una larga lista de locales que acabó descartando, encontró en una antigua cafetería el lugar idóneo para colgar el cartel de su nuevo proyecto: «Robin Hood. Alimentamos corazones».

No se trata de un comedor social. No hay etiqueta que colgarle a sus comensales. Es un restaurante más, con un modelo de negocio pensado para todos, también para quienes comer “de menú” es poco menos que una fantasía. «No es normal lo que hace la gente por nosotros, ¡mira!», exclama Ana dirigiéndose a su compañero de mesa, Juan Ramón, un trabajador de seguridad al que la crisis castigó a dormir en la calle. Ambos disfrutaban el martes de la cena en «Robin Hood», gratis. Y así podrán hacerlo cada noche gracias al sistema ideado por el padre Ángel. Durante el día, el local funcionará como un restaurante convencional. Los clientes podrán consumir desayunos y comidas a precio de mercado, y con el beneficio obtenido se financiarán las cenas de los sintecho. Para evitar cualquier vestigio de desigualdad, el menú para unos y otros será el mismo.

«Esto nos dignifica», dice José Ramón alzando la mirada al techo. Un gesto sutil que revela que no es tanto la comida como el refugio lo que le coloca en el nivel más humano. Casi idéntico al común de los mortales. «Cuando tenía casa y trabajo me pasaba lo que a muchos, que la gente de la calle me era invisible». Y a continuación lo explica con un ejemplo: «Hasta que no tuve a mi primera hija no reparé en la cantidad de cochecitos que paseaban por la calle. Cuando nació y yo empujaba su cochecito, pensé: ¡ahora todos tienen uno! Ya lo tenían, era yo el que no los veía. Es que no te paras a pensar en las cosas hasta que las vives».

Ángel recita de memoria los portales inmobiliarios de alquiler de pisos por Internet. Los ha rastreado infinidad de veces, pero lamenta que «los pocos recursos que tenemos no nos permiten pagar 200 euros por una habitación». Quiere dejar la calle por el estigma y el peligro que encierra. Y porque bajo el cartón de los sintecho también conviven ambiciones deshonestas, «auténticos profesionales de la calle», como José Ramón les llama. Gente que aprovecha las ayudas para emprender negocio con ellas. Ana reafirma: «Hay un verdadero mercado negro de mendicidad. Hay gente que se hace a la calle como el preso al talego. Pide comida y ropa, y los bocadillos acaban en la basura y la ropa en un mercadillo».

A José Ramón se le encienden las mejillas y hasta el cuello cuando habla de estos «profesionales callejeros». «¿Otra vez hamburguesa? ¡Vaya mierda!», les imita con tono burlón. «Que no te falte una hamburguesa que llevarte a la boca en la puta vida».

Ana relata el caso de una conocida con tanta indignación que a duras penas consigue no atragantarse con la merluza. «La tía se levanta cada mañana, en su casa, claro, porque tiene casa, y se va al Ave María —un comedor cercano a la Puerta del Sol—. Ya que está por allí aprovecha para echar la quiniela, comprar la bonoloto y se va derechita a por el café de San Antón. De ahí vuelve a casa, a dormir la siesta. Cuando se cansa vuelve a San Antón a coger el bocadillo, se pasa por Tirso de Molina y Montera, donde a veces reparten comida los voluntarios, y se vuelve a casa». Un verdadero empacho de solidaridad.

Para atajar este problema, el nuevo restaurante del Padre Ángel controlará que los comensales carezcan de prestaciones. Para ello basta con una fotocopia del DNI. No deja de ser esto un formalismo para que «sus chicos» no se sientan ninguneados. Pero ya les conoce, son las mismas caras que le visitan en San Antón a diario, aunque más deslumbrantes. Esta vez amparadas por un techo, al abrigo de la dignidad.

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Texto por: Patricia García

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