Querella contra las islas de reciclaje


El pasado 26 de diciembre un incendio en unos contenedores cerca de San Bernardo hizo que una mujer saltara al vacío rompiéndose dos vértebras y el tobillo

Vista de la fachada descorchada por el incendio de los contenedores de reciclaje. Foto: Manuel Camacho

El número 60 de la calle San Vicente de Ferrer despedía la Navidad con un silencio inusual que aventuraba un futuro trágico. Los locales que proliferan a lo largo y ancho de Malasaña no dan espacio al descanso, por eso la calma sobrevenida era razón de sobresalto. Esta calle que atraviesa el corazón de San Bernardo acoge desde hace meses una isla de reciclaje que es motivo de queja y protesta de los vecinos. El desencadenante, un incendio provocado en la madrugada del 26 de diciembre en los contenedores y una vecina malherida al precipitarse desde un primer piso por creer que su edificio estaba en llamas —la disposición de los contenedores a menos de un metro de distancia respecto al inmueble no respeta una separación prudente, que no se especifica en la normativa madrileña de ubicación de contenedores de reciclaje—. Las reclamaciones presentadas a este respecto por la comunidad de vecinos al Ayuntamiento cayeron en saco roto y no evitaron el incidente.

«Todos dormían y sobre las 6 de la mañana sentí que algo pasaba en el edificio, abrí la ventana y vi que los contenedores que están pegados a mi bloque de pisos estaban en llamas. Entonces, entré en pánico y me precipité al vacío», relata María, nombre ficticio de la vecina afectada, al tiempo que asegura que «no es la primera vez que ocurre» desde que el Ayuntamiento reubicara estos contenedores que ya fueron quemados en su anterior localización, a un centenar de metros de su ubicación actual. Parece que la quema de contenedores es una práctica común en Malasaña. Para estos delitos la ley contempla hasta un máximo de tres años de cárcel.

En las paredes se entrevé la huella del fuego impregnada en el anverso de la fachada y en María la factura de dos vértebras rotas y un tobillo fracturado. La intervención inmediata de los servicios sanitarios le salvó de la invalidez. La comunidad de vecinos ya ha presentado una denuncia formal al Ayuntamiento y María estudia querellarse por la vía administrativa. No le interesa la indemnización, solo la retirada de los contenedores. En el interior del bloque han habilitado también una hoja de ruta para dar las precisas instrucciones respecto a lo que tienen que hacer los vecinos en caso de que quieran presentar sus reclamaciones.

A todo esto se suma el ruido resultante del depósito a deshoras de residuos por parte de los trabajadores de los locales circundantes. «El ruido se hace insostenible. No hay noche en que me despierte sobresaltada por el estruendo y el sonido de los cristales rompiéndose», añade otra vecina del bloque de pisos. Para la comunidad de vecinos la contaminación acústica mereció una batería de reclamaciones al 010 de las que no recibieron respuesta alguna por parte del Ayuntamiento. En ellas proponían, sino la retirada, al menos un coto u horario de tirada de residuos por «puro civismo ciudadano», declara el conserje del edificio.

No es inusual que las ventanas de los pisos más proximos a la isla de reciclaje «se rompan por el impacto de los contenedores en el suelo durante la recogida de residuos», apunta María. Así el Ayuntamiento ha encargado a un inspector un peritaje para evaluar daños y perjuicios. Madrilánea ha intentado ponerse en contacto con el Ayuntamiento para conocer el fruto de las investigaciones sin recibir respuesta.

María teme que los pirómanos que frecuentan las calles de San Bernardo repliquen la canallada de quemar los contenedores colindantes a su casa. Por eso con las reclamaciones presentadas aspira a que «se lleven los contenedores de aquí, sino voy a tener que abandonar el piso» para no revivir el pánico y los traumas que le legaron el fuego y las llamas.

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Texto por: Manuel Garrido

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