Manuela y sus cachivaches

Conocemos su historia personal y la de su peculiar tienda de objetos antiguos en el Barrio de la Concepción

Manuela Míguelez nos enseña su tienda de cachivaches | Daniel Verdú

Madrilánea nos acerca la historia de Manuela y Rafael, un matrimonio natural del madrileño barrio de la Concepción, que dieron vida a este proyecto: una tienda de objetos antiguos y de restauración.

Visitamos Los cachivaches de la Concepción una tarde a las seis  dirigiéndonos a la calle Virgen de la Monjía. Observamos desde lejos una fachada peculiar y dudamos de si es el sitio en cuestión. No hay vacilación, y aunque pudiera parecer la entrada a un museo, se trata efectivamente de nuestro destino: la segunda casa de Manuela Miguélez. Entramos y nos recibe mientras organiza un poco el local. Nos invita a tomar asiento en una de las sillas que se encuentran a la venta, realizada completamente a mano.

Fachada de Los Cachivaches de la Concepción | Daniel Verdú

Comienza su relato poniendo en contexto que tanto ella y su marido son personas inquietas y que siempre les ha gustado hacer cosas con las manos, así que llevan reciclando desde antes que se pusiera de moda (como ella dice) para sacar adelante a sus cinco hijos en la vida. Siempre se encontraban haciendo objetos para usar en casa, incluso Manuela cursó ebanistería en la Dirección General de la Mujer con 48 años, además de cursos de restauración, tapicería y dorado. Posteriormente realizó sus primeros trabajos restaurando unas valiosas sillas usando ebanistería fina, que luego vendió en la tienda.

El cáncer de su marido Rafael cambió su vida por completo. Él se dedicaba a ser profesor de tenis en La Moraleja y ella era ama de casa. Rafael decidió adquirir un local para que Manuela pudiera ejercer su labor en restauración y poder vivir de ello si le pasaba algo, pero ella no quería moverse de su barrio porque tenía a su madre enferma. Así, su marido consiguió un local al lado de la casa y ella no tuvo excusa para no embarcarse en esta apasionante aventura en el año 2007. Ella admite que empezó con miedo porque carecía de experiencia en la compra-venta de artículos, pero con el paso de los años ha ido aprendiendo cosas de economía o contabilidad. «Mi marido es más valiente, yo soy muy realista; pero la responsabilidad del proyecto le ayudó a superar la quimioterapia y aquí seguimos después de los años», cuenta. Nos recuerda que el próximo jueves cumple 16 años de la inauguración de la tienda: «Parece mentira, abrimos un día antes que Nochebuena…»

Los inicios fueron con artículos que ellos mismos habían restaurado, y aunque su marido pensaba que la gente del barrio los visitaría a menudo, la realidad fue que nadie entraba a la tienda. La localización no es una calle de paso pero era la que podían permitirse. Aunque muchos de sus vecinos pensaban que estaban locos y que eran un poco hippies, se han dado cuenta que la tienda se hizo para poder vivir: «Lo hemos hecho toda nuestra vida es nuestra única forma de sustento y estamos muy orgullosos de la que considero nuestra segunda casa«.

Durante la entrevista entra una mujer a la tienda, Manuela le saluda cariñosamente y le pregunta si le puede ayudar en alguna cosa: «Es una tienda interactiva; tú toca todas las cosas que hagan falta y abre todos los pequeños cajones que hay pequeños detalles para descubrir».

Artesanía y belleza 

Siempre han sido colaborativos con los artesanos del barrio, incluso ella intentó ser aprendiz de un sillero, pero en ese momento no le dieron su aceptación por ser mujer y alegando unos gastos muy altos por actuar como ayudante. A Manuela le causa mucha pena los artesanos que se han criado con estos oficios y ahora se quedan sin relevos porque no hay formación ni apoyo para los jóvenes. Ejemplifica el caso del incendio de Notre Dame y expresa: «¿Ahora se acuerdan de los artesanos?. «Es una pena que nadie potencie a los aprendices, hay gente joven muy válida con intuición y habilidades que le faltan oportunidades para comenzar en la artesanía».

Nos cuenta que adora programas extranjeros como  Los restauradores, donde se compran y venden artículos antiguos como en su tienda, además de evidentemente dedicarse a la restauración. Se ve muy reflejada en su labor. «Son tesoros de verdad», afirma.

Por otra parte piensa que nos hemos acostumbrado a comprar, a usar y tirar por no tener una conciencia de qué necesitamos y no para vivir. Manuela opina que es importante transmitir la belleza, porque los jóvenes no están acostumbrado a observar la belleza, porque ir a museos te educa la sensibilidad y hay un mundo muy bonito que hay que volver a descubrir. Para ella todo esto pasa porque no importa cúanto duren las cosas, al igual que no importa lo que dure el amor. En su caso cogía los muebles de la calle y los transformaba con 19 años cuando salió de casa, «ahora los compran en Ikea», nos admite. Ella cree que tienes que hacer tu hogar, que no sea igual que el de todos, además que con lo que tengas dentro de tu casa se puede saber como son las personas que viven en ella. Mantiene viva la esperanza que se vuelva a decorar las cosas: «Te hace parar y ver que te gusta«. Admite que le falta hoy por hoy un hilo para que los jóvenes entren a su tienda: «Sería mi ilusión por ver que se recuperan las cosas, ese gusto por los detalles».

Sobre la competencia de su negocio incide en que las asociaciones de vaciado de pisos tienen precios muy bajos y es imposible equiparse a ellos: «Para mí son una competencia tremenda, nosotros trabajamos en depósito, nos traen cosas y partimos al 50% los beneficios de su venta, por esto siempre cuesta adelante sacar los números, pero es un mundo apasionante y muy bonito»

Artículos variopintos

Los cachivaches de la Concepción tiene género de todo tipo: desde objetos del barrio, otros de La Moraleja que vienen de palacetes y casas nobles, vajillas asiáticas, lamparas (una del siglo XIX) y repuestos, pantallas, cristales, cazoletas, cuberterías, cuadros, porcelanas, cerámicas, muebles (algunos de más de 100 años), libros… y un sinfín de oportunidades más. Entre las ventas más destacadas a lo largo de estos años se encuentran una ballesta antigua o unas espuelas de Chile, aunque la mejor venta fue un mural cerámico del artista madrileño Daniel Zuloaga, de la Catedral de León, que estuvo en varias subastas sin que absolutamente nadie se interesara por él y finalmente se vendió en la tienda un mes antes del inicio de la pandemia del Covid-19. «Esta venta nos salvó el año, justo después nos encerraron y gracias a esa compra pudimos seguir adelante con el negocio, fue algo inesperado», relataba.

La relación de Manuela con el cliente siempre ha sido muy cercana, habla mucho con ellos y les ayuda en cualquier cosa que necesiten. Ahora mismo no aceptan más objetos porque no tienen más espacio para colocarlos en la tienda, incluso realizan donaciones a las parroquias y mercadillos solidarios. «La tienda comunica mucho, a la gente les trae recuerdos del pasado, aquí viene gente con cáncer o depresión y actúas como psicóloga en algunas ocasiones, yo no estoy solo aquí para vender lo tengo muy claro desde el principio». Manuela cuenta que su vida siempre ha sido así y que es necesario tener una labor social y vivir en sociedad, aunque el individualismo se encuentre imperante en la actualidad.

Manuela consulta información sobre algunos de los artículos | Daniel Verdú

Nos admite que el principal motivo de seguir continuando con el negocio es la de poder cumplir los años exigidos para su jubilación: «Lo hemos pasado muy mal, hemos estado a punto de cerrar en muchas ocasiones, pero tengo la ilusión de poder vender todo lo que tenemos».»Siempre pasaba algo que hacía que siguiéramos un año más, nosotros hablamos mucho de la providencia, mi marido encontró una tela de muy buena calidad de color verde en una casa y le dije que ese año no se iba a cerrar, tuve una intuición porque el verde y el naranja son los colores de la tienda», nos confiesa.

Antes de despedirnos nos hace un pequeño recorrido por la coqueta tienda. Resulta entrañable la cercanía que transmite para contarnos cómo ha ido restaurando cada uno de los artículos, cómo los ha conseguido o de dónde provienen cada uno. Resulta evidente que Manuela disfruta con su oficio, el cual va desapareciendo con el paso de los años sin que haya una generación que tome el relevo. Cuando se jubile, ella y sus cachichaves se echarán a un lado; Manuela empezará a viajar más de lo que le gustaría con su marido y ellos seguramente se queden en nuevos hogares con una nueva vida alrededor, y los peor parados acabarán cerca de algún contenedor del barrio de la Concepción.

 

Datos de Interés

Qué: Los Cachivaches de la Concepción. Tienda de antigüedades y objetos restaurados

Dónde: Virgen de la Monjía 2 28027 Madrid

Horario: mañanas de lunes a sábado (10.00 h. – 14.00 h.) y tardes de lunes a viernes (17.30 h – 20.00 h)

Contacto: A través de su teléfono: 660 03 65 40 o vía email (manuelamiguelez@hotmail.com)

Redes sociales: FacebookTwitterTodocolección

 

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