Entre los oscuros muros de Lavapiés


Cuando baja el telón del día emerge la intrahistoria de Lavapiés: manteros de camino a casa y muchachos recreándose con el deporte rey
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Vista de la fachada de las Escuelas Pías. Foto: Ignacio Gil

Las once de la noche. Una redada policial recibía a los viajeros en el trasbordo de Legazpi que une la línea circular con la tres del suburbano madrileño. Dos tramos de escaleras después, el mismo tono azul de los uniformes de los agentes es el que dio la bienvenida a una pareja de enamorados y a otra persona enfundada en un chaquetón hasta los tobillos del que no pude deducir su sexo, quizá cegado por las ardientes llamas que manejaban dos malabaristas en un semáforo; quizás porque en la noche, como dice el refrán: «todos los gatos son pardos».

Las diferentes formas de la ciudad se difuminan al caer el Sol. Los halos del alumbrado público marcan el camino hacia las profundidades del barrio de Lavapiés, otrora llamado El Avapiés, lugar donde el Año Chino o el Ramadán tienen más trascendencia que la Navidad o que San Isidro, patrón de Madrid. Barrio donde años ha se encontraba el Portillo de Embajadores, entrada que daba la bienvenida a los que llegaban a la ciudad de la Corte desde el sureste de España. La última década del siglo XX recibió, al igual que antaño hacía la puerta, a una población extranjera que hoy, en 2014, llega a ser la mitad de todos los habitantes de tan peculiar barrio.

Aquí, en su frontera, descansa impasible el imponente edificio de La Tabacalera, símbolo de la cultura libre de Madrid, al tiempo que dos patrullas de la Policía Nacional rebuscaban entre los «coches de la droga» restos de alguna sustancia que ya se había consumido en sus lugares de origen. Me topo, sin saber que se encontraba allí con el cartel de la calle Doctor Fourquet. Cuentan las crónicas que en este lugar, artistas y galeristas conforman una atmósfera única, pero con hora de cierre: las ocho de la tarde.

Por la noche en Madrid las tiendas de chinos abastecen a los viandantes sedientos de espirituosidad. Mientras dos chicos me adelantaban por las cuestas de la Calle Embajadores, la Fuente de Cabestreros –de 1934, como se indica grabado en piedra– me surtió del «mejor agua del mundo». El viandante se tiene que dejar llevar para conocer la ciudad, los barrios y sus gentes. De improvisto, la calle del Sombrerete me sorprendió girando a la derecha, alumbrado por una plaza repleta de gente. Esto es España y los bares de España no tienen hora de cierre. El Colegio y la Iglesia de las Escuelas Pías de San Fernando observaba como las personas sentadas en las terrazas esquivaban los balones de los muchachos que daban patadas a un balón. Los grandes focos que dirigían su mirada hacia su fachada dejaban el resto de la plaza en penumbra.

Sin rumbo fijo pero con la misión de llegar a las 12 a la televisiva Puerta del Sol, me adentré por distintas calles hasta que el busto de El Duque de Alba me avisó de que mis derroteros no eran los correctos. Una hilera de manteros terminaban su jornada laboral y su desfile apuntaba dirección La Latina, por lo que giré por la calle Toledo, huyendo del barrio más castizo de la capital dirección plaza Mayor.

Madrid olía a Semana Santa. Una puerta entreabierta de la Colegiata de San Isidro dejaba entrever un grupo de costaleros cargando el peso que una semana después deberían portar durante horas por las calles de Madrid en el día más santo de todo el año. Sin demasiado tiempo para observar la escena, quizás agobiado por la cantidad de gente que asomaba por la verja, continué por la trastienda del epicentro de la capital hasta la plaza del Marqués de Pontejos. «Una lástima que no haya venido por el día», pensé. Había escuchado que alguien necesitaba un botón negro con tres motas blancas en el lateral izquierdo.

Me dejé arrastrar por la corriente de la Calle del Correo, una de las diez que van a desembocar a la Puerta del Sol, punto neurálgico de Madrid. Este enclave marca el cambio de año en todos los hogares españoles. Nuestro peculiar viaje hacia una Nochevieja en un 11 de abril, culminó en el lugar de nacimiento de todas las carreteras de nuestra tierra. No eran doce uvas, pero sí doce intentos de fotografías mientras sonaban de fondo las doce campanadas que anunciaban la entrada de un nuevo día.

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Texto por: Daniel Nebreda

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