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Todas las manos que pasan por ella

Desde que se concibe hasta que el cliente la usa y desecha, esta es la crónica de la página 51 del ‘ABC’

Abundan en internet, pero no es lo mismo verlas a través de una pantalla. Hay quienes consideran un placer inigualable el hecho de poder estudiarlas físicamente. Olerlas. Tocarlas. Incluso mancharse los dedos con la tinta que a veces desprenden. Y, aunque parece que cada vez hay menos clientes dispuestos a pagar por ellas —por las noticias, crónicas u opiniones impresas—, siguen siendo los lectores de papel uno de los pilares fundamentales que sostienen el tan antiguo negocio de la prensa.

El autor de un texto periodístico es el personaje que los consumidores tienen más presente, porque las obras que leen siempre van acompañadas de su firma, pero son necesarias numerosas manos para que el público pueda experimentar el palpado de una información, y basta con que una de ellas falle para que algún lector se pierda la noticia. Este es el trayecto que recorren todas aquellas que residen en la página 51 del ‘ABC’.

Es el periodista el que decide cuál es la historia que mañana vivirá en ese lugar, seleccionando de los infinitos hechos noticiables que están sucediendo aquel o aquellos que resulten más relevantes, interesantes o pertinentes, según su criterio. Desgranará el tema, lo pensará e investigará, pero antes de decidir cómo redactarlo tendrá que saber cuál será el espacio disponible para amueblar. De esa tarea se encarga el maquetador, que diseña el domicilio en un sistema digital. Concediendo, por supuesto, suficientes dimensiones para el ornamento que el fotógrafo haya creado. Y la totalidad de la pieza será más alta o menos delgada en función de otro de los cimientos esenciales de la profesión: la publicidad.

Se dice que el éxito económico de un periódico se evidencia en su grosor, en su cantidad de páginas, y ese número guarda relación proporcional con respecto al número de anuncios. Así, si el equipo de mercadeo ha logrado vender más parcelas, habrá que hacer espacio y desbordar las informaciones hacia las siguientes hojas. Por eso la 51 hoy podría vestirse de acontecimientos deportivos, y mañana, sin suficientes publicidades incrustadas en el diario, trajearse de noticias locales. Además, las impares son las planas más cotizadas por los publicistas por ser las de mayor impacto visual, las primeras que se descubren al pasar las páginas. Es por eso por lo que el texto de la 51 suele compartir vivienda con alguna promoción comercial. Y, pese a que tener coinquilinos implica una reducción del lugar en el que uno puede explayarse con comodidad, el beneficio periodístico de alquilar la habitación es claro; ayuda a pagar la renta.

Una vez armada la hoja digital, un editor la recorrerá con sus ojos y acomodará los desperfectos que pueda encontrar en ella. Alrededor de las nueve de la noche, acompañada por las otras decenas de páginas, la 51 abandona la sala de redacción del ‘ABC’ en un vehículo pdf y llega inmediatamente al taller de imprenta, donde un equipo de impresores se encargará de convertir esos bits en algo tangible.

La primera aparición física de la 51 es en forma de planchas de aluminio, específicamente en cuatro de ellas, y cada una servirá para luego estampar colores distintos en el formato final, la hoja. A las diez de la noche, con las láminas ya situadas en la rotativa, comienza la producción. A una decena de metros de papel por segundo, la 51 que el periodista concibió tiempo antes, pronto tiene miles de clones. Y es posible que algunas de ellas nazcan con defectos de pigmento, por eso los impresores se encargan de monitorear y optimizar el proceso constantemente, reajustando, en caso de ser necesario, las alineaciones y niveles de tinta.

Todo esto, además, se hace junto con la competencia. En las rotativas del ‘ABC’ también se imprimen publicaciones como ‘La Vanguardia’ o ‘El País’. Años atrás, eso hubiese sido impensable; cada medio protegía con recelo sus informaciones antes de que llegaran al quiosco con el objetivo de que los rivales no tuviesen tiempo de replicar las exclusivas. Hoy, sin embargo, con la rapidez del internet, esa desconfianza ha perdido sentido, y los complicados tiempos económicos también han causado que distintos grupos editoriales se entiendan en este tipo de sinergias.

Alrededor de las tres de la mañana, la última 51 del ‘ABC’ termina de producirse en Torrejón de Ardoz, Madrid, y, para ese momento, decenas de furgonetas —que también han salido de las rotativas gallega y sevillana— están regadas por el territorio nacional, distribuyendo los periódicos a los distintos puntos de venta.

La cantidad de ejemplares creados y las rutas transitadas por los transportistas están determinadas por las estadísticas que maneja la oficina técnica del diario. Se puede prever un aumento de la tirada, por ejemplo, en fechas electorales, porque se sabe que hay mayor porción de población dispuesta a consumir información. O también una reducción por causas climáticas; si para el viernes se esperan fuertes lluvias en el norte de España, habrá en esa zona menos personas acercándose a los quioscos. Son muchos los datos que se estudian para hacer los cálculos. Incluso los resultados futbolísticos influyen, porque el estado anímico de un aficionado para leer sobre el partido variará en gran medida si el equipo local ha ganado, empatado o perdido.

Temprano, el repartidor entrega los paquetes de información fresca a los quioscos y recoge los que sobraron del día anterior. Esas 51 que no hayan sido vendidas, terminarán en una planta de reciclaje. A las seis de la madrugada, el quiosquero expondrá los diarios y a lo largo de la mañana los clientes habituales, cuyo color promedio de pelo es gris claro, vendrán a comprarlos. Y lo adquieren, dicen algunos de ellos, por costumbre, por haber forjado el hábito antes de que las noticias se compartiesen en internet. También por la comodidad de enterarse de la actualidad en un formato ordenado y finito.

Cada lector tiene su modo honrar el ritual de la lectura. Algunos lo leen de principio a fin y otros de fin a principio. Varios ojean secciones específicas y unos distintos repasan sólo aquellos textos cuyos titulares o imágenes hayan llamado su atención. Así es como la 51, que puede haber sido analizada por unos y por otros no, alcanza el cenit su vida útil. En el mejor de los casos, la página todavía extenderá su existencia, siendo guardada como recuerdo, o envolviendo un alimento, o ayudando a cubrir el suelo para que no le caiga pintura. Pero la realidad es que, siendo el periódico un producto perecedero —uno de los pocos que caduca a las 24 horas de ser producido—, cuando sean las diez de la noche, la página estará vencida y su vigencia se la habrá robado la que comienza a circular en las rotativas.

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