Retiro

Cerrar como mejor opción

Fachada de la tienda. Fotos por M. Pina

Es un día lluvioso y gris en Madrid pero las letras del escaparate de la tienda Miguel Cuenca relucen, son amarillas y tapan las doradas originales. Tras setenta años de historia, los hermanos Cuenca echan el cierre. La aventura de abrir una tienda comenzó en plena posguerra –en 1940–, cuando fundaron la sociedad Giber y pusieron ese mismo nombre a un local donde hacían trajes a medida. «Estamos peor que en aquella época. En la posguerra había ganas de empezar; ahora hay que lograr salir. Hemos vivido todas las crisis pero esta es la peor», dice Juan Carlos Cuenca, actual propietario del local junto a su hermano.

Hoy, los dieciséis metros de escaparate de la esquina de la calle Narváez con Fernán González están llenos de carteles que rezan: «Liquidación por cierre». Entrar en la sastrería más antigua del barrio de Ibiza es parar el tiempo en seco. Un parqué de madera y paredes blancas de gotelé acogen decenas de americanas, pantalones y camisas a precios muy rebajados. La tienda, que nació en medio de un Madrid en ruinas, ya no resiste al paso de los años. «La gente quiere un trato impersonal y nosotros damos por entendido que hay que tener una relación con el comprador», apunta Cuenca.

A la izquierda, Miguel Cuenca en 1948

Cuando comenzaron se dedicaban a la sastrería: trajes a medida, uniformes para empresas y reciclaje de las telas que sobraban. «Trabajaban para toda una familia, el padre se hacía un traje y la madre pagaba por una bolsa de retales para hacer pantalones y falditas para los niños», continúa el dueño de la tienda mientras muestra una foto de su padre: «Aquí tenía 18 años; la señora que está a su lado, 16, y el otro señor, 35. ¡Cómo cambia la estética!», bromea el experto en ropa.

Al fondo del establecimiento, una gran mesa de madera barnizada ejerce de mostrador para el sastre; es un cubo rectangular, con un gran tablero donde se plantan, se muestran y se cortan las diferentes telas. A su lado, en la pared, cuelgan muestras de tejidos en tacos, hay decenas de colores, de estampados y texturas. Además de trajes personalizados, en la actualidad la tienda tiene una parte de confección, donde venden ropa ya fabricada. «La sastrería a medida está cada vez más limitada, el precio no es fácil de pagar», aclara el vendedor, y matiza que los precios no se pueden bajar. «Lo que disminuye es el número de clientes». Por ese descenso en el número de usuarios sus ingresos se han reducido un 40 por ciento desde la década de los 90. Además, asegura que el valor de los trajes es mucho menor que en los años 80: «Ahora vendemos trajes por 200 euros (33.000 pesetas), antes, por menos de 44.000 pesetas no había nada».

Ser una parte del todo

El barrio como algo propio, como el lugar donde además de vender están tus orígenes, como el sitio al que perteneces. Todo se acentúa cuando llevas siete décadas en el mismo sitio: «Tenemos arraigo en este barrio, conocemos a la gente», relata Cuenca mientras recuerda que en los años 50 hacían favores a los clientes. «Entraban y te pedían usar el teléfono y en la posguerra te pagaban cuando tenían el dinero. Se fiaba». El dueño de Miguel Cuenca mira la foto de su padre, al lado de la caja, y murmura: «Estamos enraizados en este barrio». Un lugar que les vio nacer y formarse: «Yo llevo aquí desde 1980, treinta años. He hecho trajes a políticos de los dos partidos más importantes». Un lugar que les verá marchar pronto: «Queremos alquilarlo, pero está muy mal y como es nuestro no tenemos tampoco prisa. Pero esperamos cerrar para el verano», dice.

Además de la crisis, la construcción de un parking subterráneo para los residentes del barrio hace siete años y el cambio generacional son los principales motivos que han llevado a esta familia a renunciar al negocio de toda una vida. «Estos últimos años han sido muy duros, hemos jubilado a toda la plantilla y estamos mi hermano y yo solos», se lamenta uno de los Cuenca. Las otras razones forman parte de la incomprensión, de la no adaptación a los tiempos nuevos. «Todo lo que hace el mundo hace daño a este tipo de tiendas». Con esa frase, el dueño trata de explicar que la gente ya no quiere el trato del conocido, que los jóvenes prefieren comprar en franquicias. «Es el mundo al revés, te demandan que bajes los precios cuando todo sube», resume Juan Carlos Cuenca, el chico que nació entre telas y que deja morir el negocio porque no puede «reinventarse».

Juan Carlos Cuenca (izquierda) y su hermano dentro de la tienda

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